Una galería entre el cielo y la tierra

Por: Ximena Espeche

Imágenes: Satori Gigie

 

Wilfredo Limachi Mamani, alias Satori Gigie, es egresado de la Carrera de Comunicación Social de la Universidad Mayor de San Andrés, La Paz. Desde 2014 se dedica full time a la fotografía. En este texto, desandamos parte de su producción focalizando uno de sus múltiples aspectos: las elecciones en el tema, los personajes y los cruces entre el cotidiano y el testimonio.


Un avión de línea que sobrevuela la ciudad de El Alto y las aves que también levantan vuelo. Ellas y él que no se mezclan, no hacen un entrevero. Y, aun así, no podemos verlas a ellas y a él sin pensar que comparten un espacio y un tiempo específicos, aunque delimiten las líneas por las que cada cual vuela: el del presente de la foto. De eso se trata. Porque lo que las fotos de Satori Gigie van desplegando es un entrevero que sea en futuro, un deseo, entre el cielo y la tierra, entre el pasado y el presente, entre las asunciones de una continuidad que no tiene más que nombres provisorios y por ello discutibles, e imágenes que farfullan sus problemas: ¿tradicional? ¿moderno? ¿tecno? ¿artesano? Ahí Satori discute: cotidiano sin por ello ser natural.

La fotografía en Bolivia tiene muchos antes que el de las fotos de Satori Gigie. Una enumeración incompleta recuperaría los daguerrotipos finiseculares, el crecimiento del paisaje como foco explicativo de lo que se anulaba en la escena espacial (y temporal): en esa construcción exótica ─y exotista─ de los Andes (que tampoco pueden resumir al país), los hombres y las mujeres que lo habitan con particularidades y conflictos concretos desplazados a ser sólo testigos o público, relleno de imagen; los estudios ya famosos como los de Cordero y Gismondi en la ciudad de La Paz, las series que hicieron de la Revolución del 52 su sentido y su objeto ─que, no obstante, incorporaban a los indígenas desde visiones a menudo bucólicas y “folklorizadas”─. Varios de los retratos de la Bolivia revolucionaria correspondieron a Gustavo Thorlichen, considerado “un gran artista” por el Che Guevara, contratado por Victoria Ocampo y autor de un libro de fotos sobre Argentina prologado por Borges.

O, también, más acá, las imágenes que recorrieron el mundo durante el levantamiento de El Alto en la guerra del gas; y entre tanto: las imágenes de migraciones campo-ciudad y de bolivianos y bolivianas a países limítrofes.[i]

Las fotos de Satori Gigie no tendrían por qué conchabarse con esa historia. Pero se inscriben en ella. No son una serie en el sentido de una teleología que armemos ad hoc, pero sí hay una selectividad que les es propia como en esas imágenes que hacen a la fotografía en Bolivia: por una parte, las locaciones del cotidiano ─al que en otro momento podríamos detenernos y desarmarlo como categoría ingenua que no es─, y las explicaciones que Satori Gigie establece para su quehacer. Por la otra, el juego permanente con los algoritmos: posteos en un perfil de Facebook que a la vez comunican esas fotos con las prácticas de multiplicación de las imágenes en redes sociales y en dispositivos de todo tipo. Cotidianeidad e historia: posibilidades de tomar esas imágenes y no otras. Su foto más famosa a la fecha, en la que su madre, Valentina Mamani, parecía sostener el Illimani en su carretilla, en La Paz, estalló en su perfil de Facebook el 27 de octubre de 2014: fue más de un millón de veces compartida (y no siempre se respetaron los créditos de autoría).

¿Qué otros algoritmos están en juego en sus fotos que no sean los del efecto, o de la lógica, de un posteo? Justamente, aquellos de quienes miramos las fotos: evitar la oposición fácil entre la velocidad en red y la lentitud de quien lleva una carretilla, en una ladera con el monte Illimani como parte del paisaje cotidiano. Volverla condición de necesidad y posibilidad: hoy hacemos las fotos así, podríamos hacerlo de otro modo. Elige ese cotidiano para testimoniarlo, pero desarma la solemnidad. Mejor aún: la solemnidad sería querer ver en esas fotos aquello que nos imaginamos debería ser la imagen en “Bolivia”, de “Bolivia”, como si siguiésemos ignorando que desde 2009 se reconoce como un estado plurinacional.

En varias entrevistas, Satori Gigie insiste en una suerte de testimonio que las fotos llevan consigo. Como una voz de lo que considera enmudecido o falto de escucha, o capacidad de presión: las mujeres y en especial esas mujeres como su propia madre: “Trato de enfocar, también, la capacidad y el derecho que ellas tienen de decidir sobre lo que quieren, ya sea para sí mismas, o para sus hijos.”, dijo en una entrevista en 2015 ─posterior al impacto de likes─.[ii] Oponer a la “negación” de esas vidas, esos trabajos y esas particularidades, las imágenes de presencias constantes. Y allí va como explorador, aunque el paisaje y las personas sean parte de su familia, de lo que fue/es su vida cotidiana.

Diría que lo que hace es que el gesto se vea bien, liso y llano, sin vergüenzas: el retoque. Porque las fotos están retocadas, no es novedad. Nadie esperaría otra cosa. Pero Satori lo recuerda. En otras palabras, el “instante” que ejerció Cartier-Bresson como marca de agua también es parte de un consenso, más o menos conflictivo, entre la legitimidad de quien ha ganado un nombre para definir cuándo ese instante vale la pena ser llamado así.

Si la fotografía pudiera ser ese espejo que se pone al lado de un camino, las fotos de Satori Gigie juegan con esa afirmación poniendo dos espejos enfrentados al lado de ese mismo camino. Para, después, romper alguno y ver qué pasa. Las fotos son de su cotidiano, un cotidiano que está ya “acostumbrado” en la retina de quienes no vivimos allí e imaginamos una “Bolivia andina”. Pero, a la vez, el cotidiano es el de la convergencia nunca simple entre temporalidades diversas, que pueden chocar (como lo han hecho).

El avión y las aves se dirigen a un mismo punto, fuera de la foto, una línea de perspectiva que está más allá de lo que podemos ver. Y sin embargo está presente. La foto no termina nunca, es el comienzo de los mundos posibles, de los testimonios venideros. La intención es otra que la de captar la “naturalidad” del cotidiano. Por el contrario, puede aparecer como capturando el instante, pero el trabajo posterior de luces y sombras, de posproducción, revela las selecciones que también siguen haciéndose una vez que Satori tomó esa foto. Nunca es una sola foto: va cambiando hasta que define cuál será la compartida en las redes. No hay plenitud aunque parezca plena: Satori fotografiando a su madre lo dice. Es símbolo, pero también lo quiebra: es una tramoya.

Esa madre parece llevar al Illimani. Aunque no sea cierto. No porque no pueda ser posible: es un juego óptico, del que la fotografía sigue siendo parte. Y es cierto, también: las mujeres a las que fotografía muchas veces es como si de verdad llevaran sobre sus hombros al Illimani: el trabajo de todos los días, acarrear hojas y bártulos. Va al comienzo y al presente: el hoy de esa fotografía. El nombre mismo de Satori Gigie es objeto de revelaciones: Wilfredo Limachi Mamani “nombre de procedencia alemana y apellidos aymaras”; y “Satori Gigie” está compuesto por un apodo (Gigie) con el que fue bautizado en el barrio, y el Satori que en “en lengua japonesa significa Comprensión; un estado de iluminación en la filosofía Zen”.[iii] Este entre no es un limbo. No. Es una pregunta en modo afirmación: eso que es composición, que es tramoya, también existe. Es comprensión. Y excede la mano del fotógrafo, como si hubiera capturado una imagen, dueño absoluto de la mirada. Por el contrario, se trata de pruebas, de intentos, de vueltas a probar, de repeticiones variadas. Se trata más de esperar, “como un idiota” ─así también afirmó en una entrevista─, con la cámara encendida.

[i] Para una síntesis sobre la historia de la fotografía en Bolivia, muy centrado en la relación entre identidad e imágen, véase: Calatayud Criales Oswaldo y Juan Carlos Usnayo, “Instantáneas del olvido. De la mirada icónica a la lectura fotográfica en Bolivia”, Revista Ciencia y Cultura, Nro. 33, diciembre de 2014.  Disponible en: http://lpz.ucb.edu.bo/Forms/Publicaciones/CienciaCultura/Recursos/RevistaCienciaCulturaVol18N33.pdf

[ii] Puente Florencia, “Satori Gigi, momentos de altura”, Revista Marcha, Nro. Abril de 2015. Disponible en: http://www.marcha.org.ar/satori-gigie-momentos-de-altura/

[iii] Según reza en el sitio de la Revista Anfibia: http://www.revistaanfibia.com/autor/satori-gigie/

La declinación de Evo Morales

Por: Fernando Molina*

Imagen: Satori Gigie

El periodista y escritor boliviano Fernando Molina, ganador del premio Rey de España en periodismo, analiza críticamente el último periodo del gobierno de Evo Morales, a partir de lo que considera una serie desafortunada y continua de errores que lo emparentan “a uno de los tantos caudillos oligarcas que ha habido en la historia boliviana”.  El progresivo alejamiento de los movimientos sociales y el repliegue sobre ciertas anquilosadas camarillas de poder ponen en jaque, según el autor, al movimiento progresista y de renovación política que supo ser el evismo.


El camino del presidente boliviano Evo Morales ha dejado de ser uno de conquistas y alabanzas; cada vez se parece más a un ascenso al calvario. Hoy apenas goza de un respiro de una larga serie de dificultades y errores políticos que eran impensables apenas dos años atrás, cuando el 20 de octubre Morales resultaba relecto por tercera vez con el 61% de los votos. En este momento tiene alrededor del 40% de la intención de voto, una cifra que sigue siendo importante, pero que se halla al final de una aguda curva descendente.

La ruta perdedora comenzó en 2015 con la aparición de problemas económicos internacionales, a causa de la disminución de los precios de las materias primas.

La popularidad de Evo se debió en primer lugar a que hizo un gobierno que despertó las ilusiones nacionalistas de la población mediante el potenciamiento del Estado, el cual se adueñó de la industria del gas, la principal del país;  una política exterior arronjada y patriótica; la compra de artilugios espaciales y de plantas gasíferas de punta; la construcción de carreteras, edificios, estadios, escuelas, etc. Todo esto se financió con los ingresos extraordinarios que generó el aumento del precio de las materias primas que Bolivia está especializada en explotar.

La economía vivió el tipo de prosperidad que los economistas describen con el nombre de “enfermedad holandesa”: una gran liquidez que se traduce en gasto estatal y privado, y un incremento de los salarios y los beneficios sociales, pero no en industrialización, y que por tanto se disipa en importaciones , actividades terciarias improductivas y boom inmobiliario. Por eso las manufacturas bolivianas están en una situación precaria: los altos salarios encarecen su producción y hacen muy difíciles las exportaciones de bienes industriales nacionales. Al mismo tiempo, no dejan de levantarse edificios y de aparecer restaurantes y centros nocturnos por doquier.

La “enfermedad holandesa” entusiasma a la mayor parte de la población, pero tiene un talón de Aquiles: depende de los ingresos que puede obtener el Estado, que han caído abruptamente por el desplome del precio del petróleo.

El panorama es complicado, ya que se han producido cambios estructurales en la economía mundial, que se originan en la ralentización del crecimiento chino, el fin del “súper-ciclo de las materias primas” y una reversión de los flujos de capital que beneficiaron a América Latina en la última década. El resultado de esta caída del flujo es el aumento de los costos de financiación de proyectos y emprendimientos en Latinoamérica, lo que puede incidir en la detención del crecimiento.

El bajo costo del petróleo y las materias primas será perdurable. Se espera que el barril no supere los 60 dólares en los próximos dos a tres años. Se puede hablar de un “shock de mediano plazo” para la economía boliviana. El sentido común económico sugiere, por tanto, la retracción del gasto público, a fin de evitar el crecimiento del déficit fiscal, que ya alcanzó el 6% del PIB en 2015 y se prevé del mismo tamaño para este año.

Pero el gobierno no parece dispuesto a ello. En cambio, está tratando de compensar la carencia de ingresos con la contratación de préstamos de China y los organismos multilaterales, algo que pocos creen que sea suficiente. Por lo pronto, la desaceleración que ya ha comenzado a vivir la economía está causando problemas de toda índole al país, entre ellos una mayor fricción con los “movimientos sociales” hasta ahora oficialistas.

La situación actual presenta una serie de analogías con el proceso posterior al último boom de las materias primas, en los años ‘70, bajo el gobierno de Banzer. Entonces también se postergó el ajuste y se recurrió al endeudamiento para conservar el dinamismo económico y sus beneficios políticos. El resultado de esta política de “escape hacia delante” fue la creación de las condiciones que estallaron en la gigantesca crisis de los ‘80.

 El siguiente factor de la declinación de la fuerza de Evo Morales ha sido la corrupción, que las encuestas ya comienzan a anotar como la principal preocupación de la ciudadanía. A comienzos de este año, estallaron dos sonados casos que tocaron a la alta cúpula del Movimiento al Socialismo (MAS), el primero, y la del gobierno, incluyendo a Morales, el segundo. Si bien no se demostró que los principales gobernantes estuvieran involucrados, estos casos extendieron un manto de descrédito sobre todo el proyecto del MAS que, como dijimos, hasta entonces solo cosechaba aplausos.

Allí es donde Morales, reconocido como un muy hábil político –e incluso como un “genio” por sus adherentes–, comenzó la seguidilla de serias equivocaciones que lo trajeron hasta la situación actual. Frente a los escándalos, no articuló una respuesta gubernamental bien pensada, coherente y colectiva, sino que tomó decisiones fragmentarias, dejando que los hechos se sucedieran y que sus colaboradores actuaran de manera inarmónica.

Fue entonces que sobrevino el golpe más duro. Cometiendo otra vez un error, Morales impulsó un referendo constitucional para asegurar el permiso legal de su siguiente reelección. Acababa de ganar unas elecciones y todo el asunto resultaba muy forzado. Era un momento, además, en el que Venezuela –país con el que se asocian las reelecciones sucesivas– se había convertido en un mal ejemplo a seguir.  Pero el peor error del presidente fue abordar el referendo de una manera muy ingenua, sin siquiera contratar encuestas y mucho menos una empresa de estrategia electoral, según trascendió ulteriormente. Intentó ganar con una receta adecuada para otro tipo de elecciones y le fue mal: el 51% de la población rechazó la posibilidad de su reelección.

Si en las elecciones el presidente había logrado vencer en ocho de las nueve regiones del país, excepto en el arisco Beni, que nunca ha dado su consentimiento al proyecto político que dirige, en el último referendo solo ganó en tres regiones, las tres occidentales y con mayoría indígena: La Paz, Cochabamba y Oruro. Y aun en estas perdió entre 12 y 14 puntos porcentuales respecto a lo que había conseguido en octubre de 2014. En las tradicionalmente opositoras Tarija y Santa Cruz, donde sin embargo había triunfado en las elecciones de hace un poco más de un año, obtuvo 11 y 8 puntos porcentuales  menos, respectivamente.  Pero donde sufrió su mayor traspié fue en la región minera de Potosí, donde la combinación de la crisis de los precios de los minerales y la atención, según dicen los analistas, “displicente y arrogante” de las demandas de la población de esta deprimida región quechua, lo llevaron a perder nada menos que 23 puntos porcentuales respecto al resultado que le dio la victoria allí en 2014. Llegó allí, entonces, por otro error.

Las consecuencias de los errores

Como resultado directo de todo esto, la ilusión que despertaba el gobierno y su promesa de renovación de la política tradicional boliviana han quedado mediatizadas y, en la percepción de algunos sectores, destrozadas por la realidad del desempeño gubernamental.

Hoy los cambios realizados ya no despiertan el mismo entusiasmo, sea porque no han funcionado, sea porque, habiendo funcionado, ya no sorprenden y se han incorporado a la cotidianeidad. El presidente repite un discurso en contra de un “enemigo” que se debe derrotar, que ya no es convincente, o un discurso de corte tecnocrático, sobre los logros de su gestión, que no es inspirador. El problema de estos discursos se halla en que la audiencia ha cambiado: su embeleso con el MAS ha comenzado a disiparse.

Una encuesta realizada después del referendo de febrero mostró que el propósito del MAS de insistir en habilitar a Evo Morales para su re-postulación en 2019 ha enajenado a la mayoría de las clases medias urbanas. El rechazo a una nueva reelección que mostró esta encuesta era aún mayor que el que se dio en el referendo. Según esta investigación, si un referendo similar se repitiera, incluso El Alto, donde el “sí” ganó en febrero, daría las espaldas al proyecto oficialista. La mayor parte de la población urbana quiere que el presidente Evo Morales se vaya en 2019. Si las esperanzas del oficialismo de ganar electoralmente aún se mantienen, esto solo se debe al respaldo todavía alto –pero menor al obtenido en el pasado– que posee en las áreas rurales. Aun así, sin El Alto una victoria resultaría casi imposible.

Las clases medias tienden a orientarse políticamente por las señales que le dan sus líderes de opinión, tanto desde los medios como desde los cafés y los comentarios cotidianos en las oficinas y los hogares. Y estos líderes están defraudados del gobierno, tanto porque ven con aprehensión los esfuerzos continuistas de este, como por la falta de circulación de las élites que ocupan el poder desde hace más de diez años, un estancamiento del poder que cierra el paso a las aspiraciones de ascenso social que tienen los críticos.

Con lo que llegamos a la causa original de los errores subjetivos del gobierno, es decir, de aquellos que no se deben al natural deterioro de una gestión tan prolongada como la suya. Y es que Morales se ha convertido en un caudillo, esto es, un inspirador de las masas y un acaparador del poder que no tiene facultades organizativas y carece de toda lógica meritocrática. De este modo, los otros dirigentes que finalmente se convirtieron en el “entorno” de él y del vicepresidente Álvaro García Linera (el canciller David Choquehuanca y los ministros Juan Ramón Quintana, Carlos Romero y Luis Arce, cada uno a cargo de un grupo propio) solo necesitan obedecerlo para sobrevivir políticamente. Es más, deben obedecerlo para sobrevivir.

Entonces, si él no organiza adecuadamente algo, por ejemplo una estrategia de defensa frente a las acusaciones de tráfico de influencias que le cayeron por su relación con Gabriela Zapata –una arribista que se aprovechó económicamente del hecho de haber sido su novia–, entonces los demás dirigentes son incapaces de hacerlo. E incluso si pudieran no lo harían, dado el ambiente altamente competitivo en el que se mueven.

Como suele ocurrir, el caudillismo cobra el precio más alto al propio caudillo. Este sistema divorció a Evo de las masas que antes había logrado representar mejor que nadie en la historia boliviana. De ser el presidente de los “movimientos sociales”,   pasó a ser el “rey” de un archipiélago de camarillas que disputan entre sí por su favor, y que lo consiguen por el medio suicida de impeler a Evo a elegir entre ellas y su propio movimiento, o entre ellas y las clases medias que en algún momento del pasado simpatizaron con el presidente. Cada vez que Evo las elige, entonces, se aleja más del pueblo. A pesar de eso, Evo las elige siempre, no se atreve a cambiar de entorno desde hace casi una década, porque no puede confiar en nadie más que en quienes, por estar ya en el poder, se benefician del caudillismo. La otra opción ante él sería abrir el gobierno, lo que lo pondría en el camino democrático normal, esto es, sacaría al país del caudillismo. No es, por lo tanto, una opción fácil para él.

En esa medida, Morales es un rehén de su entorno, que por eso ha devenido impune: no importan las barbaridades que cometan los ministros, igual siguen en sus puestos. El entorno aceita esta relación –comparable a la de las parejas tóxicas– predicando que: a) el caudillo es providencial e imprescindible; b) todo ataque externo a las camarillas en el poder es un ataque al gobierno en su conjunto y, sobre todo, al presidente; c) por tanto, todo ataque es una conspiración, un intento de “golpe de Estado”, incluso si los ejecutores son los aliados de antes (los movimientos sociales), pues hasta ellos actúan instrumentados por el imperio y buscan un “golpe blando”; y, entonces, d) para defender el poder del caudillo hay que mantener a las camarillas.

Por supuesto, este esquema político cierra la mente del presidente a toda posible autocrítica (o a la inversa: porque éste se opone a la autocrítica tal esquema político es posible).

La falta de autocrítica sistemática impide que el gobierno adopte una estrategia política-comunicacional moderna, racional, que le permita recuperar el terreno perdido. Por el contrario, el afirmar la verdad intangible del caudillo y su entorno lleva al gobierno a estrellarse más y más en contra de sus bases políticas.

El entorno ha quedado fuera de toda evaluación, suspendido en un limbo protector, con el argumento de que cualquier sanción en su contra contribuiría a la conspiración en marcha contra Morales. Increíblemente, nadie pagó políticamente la derrota en el referendo de febrero pasado. De este modo, involuntariamente, todo el desprestigio de los errores se carga sobre el propio presidente.

Este, sin embargo, no carece de culpa. Si su pensamiento fuera menos bipolar, menos confrontativo y, en última instancia, más sano y “bueno”, entonces podría darse cuenta de que el mundo entero no debe de estar en su contra sin que medie ninguna razón, por el puro deseo de echarlo del poder. Pero el pensamiento de Morales pertenece al tiempo de la guerra fría: lo ve todo en blanco y negro y no confía en nadie que no esté completamente dispuesto a obedecerlo. Y así es como ahora se entrega al juego con su entorno, desmintiendo el genio político que supuestamente lo llevó tan lejos.

A este paso, si todo sigue así, Evo terminará como otro de los caudillos oligarcas que ha habido en la historia boliviana: prisionero del palacio, delirante y odiado, teniendo que defenderse a sangre y fuego de sus enemigos, incapaz de gobernar, aunque todos los títulos le concedan este privilegio. En una situación similar, en suma, a la que hoy atraviesa Nicolás Maduro.

¿Hay salidas? Como resulta evidente del análisis que hemos hecho, algo aparentemente tan simple como un cambio de gabinete reviste hoy en Bolivia una importancia suprema. Solo si Morales se deshace de todas las camarillas que lo rodean y deja que el aire fresco de la crítica y la autocrítica entre por las ventanas cerradas a cal y canto de su oficina, tiene posibilidades de evitar el destino del “patriarca” imaginado/retratado por Gabriel García Márquez.

*Fernando Molina es periodista y escritor. Ganador del Premio Rey de España en periodismo.

Evo y sus dilemas

Por: Pablo Stefanoni*

Imagen: Satori Gigie

Pablo Stefanoni procura un repaso por los últimos acontecimientos de la vida política boliviana en un análisis que consigue ofrecer un balance de los aciertos y recientes fracasos del evismo, así como algunos indicios para pensar el futuro del movimiento.


El reciente “escándalo” del ministro de Economía, Luis Arce Catacora (artífice del éxito económico boliviano), por su intención de comprar alfombras persas para su ministerio y la multiplicación de memes burlescos revela –más allá de los detalles del caso– un momento del gobierno de Evo Morales marcado por el alejamiento de sectores urbanos. Y, al mismo tiempo, las dificultades que enfrenta el “proceso de cambio” para reinventarse tras la primera derrota electoral de la década en el referéndum de febrero de este año, cuando una ajustada mayoría de los electores le dijo No a la posibilidad de que Evo Morales compita por un cuarto mandato en 2019.

A diferencia de otras experiencias del socialismo del siglo XXI, Bolivia escapó hasta ahora a la crisis de la baja de los precios de las materias primas –y, en efecto, la elogiada estabilidad y crecimiento económico del país en esta “década ganada” explica mucho de la fortaleza política del primer presidente indígena–. Pero ya comienzan a verse algunos síntomas de que el boom llegó a su fin. Uno de ellos es la decisión de no pagar el doble aguinaldo este año, una suerte de bonus asociado a un crecimiento del PBI mayor al 4,5%, ya que el crecimiento fue del  4,43%. Pero el desgaste político del gobierno no se explica solo por el fin del auge de los commodities. Tras la derrota de febrero, las visiones conspirativas han adquirido una renovada influencia en el discurso oficial –en detrimento de una lectura más realista y templada de las razones del desgaste–, y el énfasis demasiado repetitivo en las denuncias al Imperio (y ciertas actuaciones “playagironescas”) resulta cada vez menos atractivo para las jóvenes generaciones y con una credibilidad decreciente. Si la expulsión del embajador de EEUU, Philip Goldberg, en 2008 resultó clave en la victoria oficialista sobre la oposición  regionalista y conservadora cruceña, hoy las apelaciones al Imperio frente a cualquier conflicto resultan fácilmente ridiculizables.

El voto negativo en febrero se explica en gran medida por una suerte de “republicanismo desde abajo”, producto de tres décadas de democracia ininterrumpida y averso a la “perpetuación” de los gobernantes, una mala campaña electoral y la ausencia de imágenes de futuro asociadas a la propuesta de re-reelección. Incidió también el “affaire Zapata”, derivado de la filtración sobre un supuesto hijo de Evo con una ex novia que años después de la ruptura ascendió a gerente de una firma china con millonarios contratos con el Estado, siendo aún veinteañera y sin credenciales para el cargo. Hoy Gabriela Zapata está detenida acusada de enriquecimiento ilícito, mientras que el niño supuestamente nacido en 2007 nunca apareció (se cree incluso que no habría nacido aunque Evo afirmó en primera instancia que sí y firmó el certificado de nacimiento). El manejo judicial del caso difícilmente podría ser considerado como “independiente” y en ese déficit se asientan parte de las imágenes de “abusividad” del poder. Y a este caso se suma el de la corrupción en el Fondo Indígena, una institución autárquica de proyectos de desarrollo rural, que afectó notablemente la imagen e renovación moral que proyectaba el movimiento indígena y llevó a la cárcel a algunos de sus dirigentes (y dirigentas). Hoy, si más dirigentes oficialistas van a prisión no se considera una prueba de menores cuotas de impunidad sino una confirmación de la magnitud de la corrupción.

La derrota del referéndum fue el primer traspié electoral en una década en la que el oficialismo vapuleó electoralmente a la oposición en una elección tras otra y se sintió invencible para siempre. Y no valieron las advertencias sobre los efectos de una victoria del No: el vicepresidente Álvaro García Linera –un destacado intelectual de izquierda– llegó a decir ante los campesinos que en caso de derrota de Evo, “el sol se va a esconder y la luna se va a escapar y todo será tristeza”. El oficialismo reaccionó tarde y mal a una campaña marcada por la actividad en el espacio virtual, sobre todo de las redes sociales.  Ahora, la lectura de que el No ganó por “las mentiras de la derecha” alienta a sectores sociales a proponer una nueva consulta en 2018.

El gobierno de Evo Morales tuvo, sin duda, un carácter refundacional y su liderazgo fue excepcional en la historia reciente. En estos años, pasó de ser “un campesino más” que llegaba a la presidencia a ser considerado un líder irreemplazable, incluso se hizo un monumento a sus padres. El modelo de nacionalismo económico (estatizaciones) con prudencia macroeconómica dio resultados en términos de crecimiento macroeconómico y cierta redistribución y disminución de la pobreza, y al mismo tiempo entronca con la potente cultura antiliberal, sindicalista y nacionalista revolucionaria presente a lo largo de la historia boliviana. Pero a pesar de sus avances, el modelo Evo ha venido perdiendo la magia de antaño. Los tres pactos fundantes del evismo –pacto de consumo, de inclusión y de soberanía– siguen siendo base del apoyo social a Evo (que sigue siendo más alto que el de cualquier líder opositor) pero el clima político ha cambiado, sin que el gobierno muestre la apertura para leer los nuevos escenarios –en parte producto de sus propios éxitos–.

El asesinato del viceministro de Régimen interior, Rodolfo Illanes, por cooperativistas mineros, secuestrado mientras recorría uno de los puntos de bloqueo para organizar la actividad policial, dejó en evidencia la persistencia de la “vieja” Bolivia, con sus corporativismos exacerbados, dificultades para procesar institucionalmente las demandas y ambivalencias del “capitalismo popular” bajo cuya lógica actúan los cooperativistas mineros. En paralelo, la agenda del cambio ha perdido mucha de la potencia inicial y parte de los grandes imaginarios (plurinacionalidad, comunitarismo) se han chocado con la propia realidad societal y el mundo que la rodea. La descolonización avanzó a menudo más por vías mercantiles (movilidad social y simbólica ascendente) que por los canales de proyectos alter-modernos que imaginaron algunos intelectuales críticos. Pero, en este marco, la agenda de reformas que podría compensar esa pérdida de paraísos iniciales, como un programa consistente de reforma de la salud o la educación, y una mejora en la calidad estatal, se encuentran (incomprensiblemente) ausentes o muy débiles como para recuperar la iniciativa.

Los ataques a gobiernos locales popularmente electos, la falta de independencia judicial (y la sensación de que es operativizada en función de los intereses del Palacio) y declaraciones que suenan poco pluralistas han ido construyendo un nuevo clima político. Pero, al mismo tiempo, y sobre todo en las redes sociales, se puede apreciar una expansión de comentarios racistas y una cierta “uribización” de parte de los detractores del oficialismo, en detrimento de los esfuerzos de sectores más moderados.

Por ahora, el gobierno tiene a favor la debilidad opositora, pero una virtual repetición del referéndum podría ser una jugada a todo o nada. Del lado opositor, solo el ex presidente Carlos Mesa –vocero de la demanda marítima boliviana pero hoy congelado por el gobierno en sus funciones– aparece con algunas chances, sobre todo si finalmente Evo no puede competir. No obstante, Mesa no tiene partido y su personalidad –políticamente poco audaz– pone dudas sobre sus aspiraciones reales a competir.

Lo cierto, hoy por hoy, es que Evo Morales no renunciará fácilmente a ser el Presidente del Bicentenario, que se conmemorará en 2025. Y, posiblemente, su salida del poder no será un aterrizaje suave para quien nació en un alejado rincón del Altiplano, pasó a ser un estigmatizado dirigente cocalero y –como en un cuento de hadas– devino el Jefazo del nuevo Estado Plurinacional y consiguió una proyección mundial inimaginable para cualquiera de sus antecesores en el Palacio Quemado de La Paz.

*Pablo Stefanoni es jefe de redacción de Nueva Sociedad. Integra el Centro de Historia Intelectual.

Deslumbre migratorio 

 

Por: Romina Freschi*

Foto: Satori Gigie

 

A propósito de la obra de la poeta boliviana Emma Villazón, Romina Freschi discurre sobre algunos problemas de la poesía boliviana y latinoamericana y pone en cuestión el carácter nacional de cada obra poética en su sentido restringido.


“Cada persona es un mundo”, dicen por ahí, y ese sentido común me sirve hoy. A través de una sola poeta es posible ver un mundo o una imagen de él (¿qué otra cosa hay?). Situar desde Argentina la poética de la escritora boliviana Emma Villazón[1], me permite hoy entrar, no solo a su poesía- que es un paraíso infernal – sino a una y varias imágenes de Bolivia, de Latinoamérica y del planeta, y de los otros mundos.

 

Es que la nacionalidad de un poeta es, como mínimo, discutible, y así también, en lo discutible, la nacionalidad como criterio de estudio de una literatura es una cuestión política. No voy a decir que en este escrito no hay política de por medio, porque me es imposible pensar la “apolítica”, pero sí voy a proponer el criterio de una poética como política. Esta obra, la de Emma Villazón, tiene una visión propia sobre la nacionalidad en la poesía, y quien escribe este ensayo también ha sostenido, y sostiene, que las visiones que parten desde la nacionalidad se apoyan muchas veces en relatos y coordenadas que merecen ser cuestionados.

 

Cada poeta tiene un propio diccionario, y una propia biblioteca, esto podría extenderse a la propia nacionalidad─ “un nos elegido”, como dirá Villazón. En esas herramientas literarias y discursivas aparece la propia poesía y una reconstrucción del mundo (esto es: la representación psicológica y sociocognitiva de su contexto). “El estilo es la huella textual del contexto”, dirá el lingüista Van Dijk, y es a través de ello, del estilo como respuesta elegida, que podemos reconstruir el mundo.

 

Entonces, poesía es huella del individuo, de su dominio y de su mundo, o sea, del poeta, de la poesía y de su país, su región y otros ámbitos o hábitats.

 

Intentaré a través de la poesía de Emma Villazón (aquella publicada) y de algunas de sus declaraciones y ensayos, ofrecer además alguna imagen de la poesía boliviana dentro de la latinoamericana, recortada, claro, por la sombra o la lumbre del mundo[2].

 

Emma Raquel Villazón Richter nació en 1983 en Santa Cruz de la Sierra, en una familia normal, ha dicho ella, de clase media. Sus padres son abogados los dos, pero amantes de la literatura. Él ha escrito algunos poemas, y ella aspiró a estudiar Filosofía y Letras. Emma tomará parte de ambos y será poeta, pero también Licenciada en Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales, estudió además Filología Hispanoamericana, completó el Magíster en Literatura latinoamericana y chilena en la Universidad de Santiago (USACH), en 2014, con una tesis sobre la poeta vanguardista orureña Hilda Mundy, y se encontraba iniciando el Doctorado en Filosofía, mención Estética y Teoría del Arte, en la Universidad de Chile. En el año 2007, con 23 años, ganó el Premio Nacional “Noveles escritores” de la Cámara Departamental del Libro de Santa Cruz, con el que se publicó su primer libro Fábulas de una caída. En 2013, apareció Lumbre de ciervos (La Hoguera, Bolivia), sombreado por el inédito Pies a favor. Falleció a los 32 años en La Paz (19/08/2015), antes de retornar a su hogar en Chile, junto al poeta Andrés Ajens, su pareja. Con él, dirigió la revista de poesía latinoamericana Mar con Soroche. De manera póstuma se publicaron la plaqueta Revestida por otro viento de sueño (Santiago de Chile, 2015) y los poemas sin terminar Temporarias (Perra Gráfica Taller, Bolivia, 2016 y Ed. Das Kapital, Santiago, 2016).[3]

 

Temporarias se desprende en primer término de la expresión “trabajadoras temporarias”. En esa manera de decir se unen varias preocupaciones intermitentes del trabajo de Villazón, que se trasladan a una concepción de poesía como acción de trabajo: lo precario en cuestiones de clase, género, raza, significación y territorio. Simone Weil escribió en sus cartas que en el trabajo fabril se paga para no pensar, (mientras que en la universidad nos pagan para pensar). Sin embargo, su concepción de vida real pasa justamente por la acción pura, en contraposición a una vida de sensación por la sensación. De la acción se desprende una concepción de trabajo, aquello que en una determinada cadencia hacemos en pos de un fin, que es un producto humano. Villazón pone en práctica esta concepción para proletarizar su propia escritura y acercarse a través de aquello que no cierra de todas las identidades, a la que es otra.

 

Temporarias tiene al inicio una cita del chileno Antonio Silva: “uno es la otra la otra es ella misma en mí y en el otro” y es un indicio de los “tajos”, “canales”, “puentes”, “adverbias”, “grietas y cartas”, “paisajes”, “olores”, por los que se filtra y cae “el alfil de la estabilidad” y las identidades se abren a la acción, al encuentro y al intercambio. Hay en ese pasaje un rastro de lo abyecto también (Kristeva), que posibilita la hendidura identitaria. La lectura tanto de Weil como de Kristeva son asumidas por Villazón. La edición de Temporarias incluye una presentación de proyecto en la cual Emma describe su trabajo ─en un momento anterior, cuando se llamaba Temporeras─ como poemas que “transitan entre una polifonía de voces e historias de trabajadoras, y paisajes más íntimos, de voz indeterminada, ligados con estados de introspección y la experiencia de la extranjería”, y también “ es una apuesta por escribir sobre la condición de los trabajadores que resisten la lógica de la fábrica moderna desde una perspectiva de género femenina; y a la vez por escribir la experiencia migrante.”

 

Esa migración es, en el lenguaje poético de Emma Villazón, una experiencia continua de terremoto, una desterritorialización constante en la que no hay otro suelo que aquel que se está moviendo, esto es: no hay otro suelo que el propio cuerpo, que late, respira, camina y ejecuta acciones vitales sin pensar, como una máquina.

 

BICICLETA O ESTUFA

 

los ejercicios del cuerpo los descuentos

las mancuerdas el ritmo cardíaco

de la fábrica que aprieta que suelta

tus gestos a veces de musgo fascinante

otras tantas de marfil correo esquivo

me los bebo                los soplo

combustible                estufa

perfil ardoroso de oceánico insomnio llevo

que recibe/emite unas descargas o solo rumia

las palabras retaceadas por el diario ajetreo

eso lo no dicho que crece arbóreo

no un cuadro de mando no un proyecto y su incidencia

pedaleo lo no dicho como si

se tratara lo no de como si

pedaleo                       pedaleo

 

eso lo no de mí como si se tratara

lo no           de mí               en la of. de contabilidad

 

Las palabras son también, claro, las temporarias, máquinas y herramientas para “raspar lo seco” y “avizorar incendios” como anuncia el primer poema de Lumbre de ciervos. En la homofonía ciervos/siervos, hay un indicio de las temporarias, y en la lumbre y en el fuego, también: metáfora prometeica de lo humano, la ciencia y la cultura, el fuego y su lumbre son herramienta de transformación y trabajo, frente a la destrucción, la muerte y la tormenta: otro temporal, el alumbrado humano y su mortalidad.

 

En la homofonía las palabras se parten, son “flores dobles”, al menos, como toda identidad. Y es la “intersección” aquello que define la gran continuidad de seres y cosas. “Habrá que ahorcar la voz quemadura/ habrá que atizar la flor que madura/ saber atender si el bosque saluda”. El lenguaje, la poesía y la vida se fundan en continuidades y contigüidades: físicas, espaciales, auditivas, temporales, nacionales: “eso velocísimo/ translúcido genital sin dueño que no sabe de límites”.

 

No hay geografía política en la poesía. Lumbre de ciervos se encarga de delimitar lo temporario no solo en el tiempo sino en el espacio: la migración convierte al poeta en extranjero universal. Se incluye en medio del libro una carta de Marina Tsvetáieva a Rainer María Rilke donde se lee: “tú eres poeta porque no eres francés. La nacionalidad es inclusión y exclusión. Orfeo hace estallar la nacionalidad o amplía sus fronteras a tal punto que todos (los que han sido y los que son hoy) puedan incluirse.”

 

El libro cierra con los versos: “solo posibilidades, ninguna bandera, la embriaguez por la succión de los sexos de los lirios por ejemplo, la disolución del ser bajo el otoño, la estocada, la estocada que recibe una cuerva en el pecho al convertirse en su propia madre, padre, Leteo, poesía y Pessoa y emerge casi muerta o santa levitando por los campos Un perfil de nada,             informe, resollando solo el corazón,/ las nervaduras de lo posible.”

 

En el rizoma de lo posible, la nacionalidad ebulle y desaparece. Sin embargo, todo poeta deja un rastro no de naciones, pero sí de racimos. Las citas y epígrafes de Emma Villazón nos llevan por un recorrido por la poesía boliviana, chilena, por momentos argentina, sin duda latinoamericana y también planetaria, o al menos occidental, como propone Borges como tradición para el escritor argentino y latinoamericano. Otras participaciones públicas también nos otorgan varias pistas.

 

A principios de este año, por ejemplo, salió publicada la antología en inglés The Absurdity of the Cosmos, 12 Bolivian Poets in Translation, editada y traducida al inglés por Jessica Sequeira (se halla disponible en línea). En ella, Villazón es seleccionada como poeta y como ensayista. El ensayo que allí se traduce puede leerse en español en varios sitios con el título “La poesía de ayer y de hoy en Bolivia”. Allí, la poesía boliviana ofrece tres momentos de interés para Emma: la contemporaneidad, en la que menciona a Mille Torrico, Pablo César Espinoza y Giovanni Bello (en otros espacios menciona también a Adriana Lanza, Jessica Freudenthal y Sergio Gareca[4]); la poesía escrita entre los años 50 y 80, con Jaime Saenz, Oscar Cerruto, Edmundo Camargo y Blanca Wiethhüchter; y destaca la década del 30 al 40, momento en el que escriben Ricardo Jaimes Freyre, Gregorio Reynolds, Franz Tamayo, Arturo Borda, Hilda Mundy, Raúl Otero Reiche e incluye también a Gamaliel Churata, que en ese entonces se instalaba en tierra boliviana.

 

Me parece de gran interés la figura del poeta extranjero a la hora de pensar una literatura nacional. La mención del peruano, Gamaliel Churata, quien además ha cambiado su nombre, es decir, ha resuelto una otra identidad, reinstala el problema del estudio de una literatura nacional. Si la historia política latinoamericana es una historia de conquistas, rebeliones, migraciones, golpes y exilios ¿dónde empieza el boliviano y termina el peruano o el argentino? ¿sería Churata quien fue sin haber pasado por Buenos Aires o muerto en Lima?, o yendo más lejos ¿es posible pensar la literatura argentina o la boliviana sin Juana Inés de la Cruz o Rubén Darío, por ejemplo? Por supuesto que no. Emma Villazón lo entiende y extiende en su poesía una nación de poetas infinita, a los que va citando en epígrafes y reinventando en versos.

 

Si la exclusión del modernismo se da a partir de los esfuerzos de las vanguardias, que en muchos países latinoamericanos fueron producto de fuerzas nacionalistas, la exclusión del barroco se da a partir del coloquialismo, ligado con frecuencia a los movimientos revolucionarios sesentistas, con las contradicciones que ellos portan. Estas tensiones latinoamericanas se dan también en la poesía boliviana. Emma las traduce en su ensayo y advierte problemas para su contemporaneidad: por una parte, la falta de crítica sobre la poesía de los últimos años, por otra parte la aparición de dos discursos: uno en torno a la llamada “poesía de la certidumbre” (ligada a una antología publicada por la editorial Visor llamada Poesía ante la incertidumbre, publicada en 2011 y ampliada en 2013, con autores de nacionalidad diversa que escriben en español) y otro que defiende la poesía proponiendo identidades regionales que remarcan estereotipos  (ligado a la antología Poesía del siglo XX en Bolivia, publicada también por Visor, con prólogo de Homero Carvalho).

 

Para cerrar este ensayo, pero para nada cerrar la cuestión, menciono la aparición en 2009 de la antología Cambio climático, panorama de la joven poesía boliviana, donde se incluye la obra de Emma y de muchos de sus contemporáneos aquí mencionados. Me parece interesante la metáfora climática en relación a lo precario y temporal que se recorre en la obra de Emma Villazón, y de varios de los allí antologados. Si bien los editores destacan la presencia de las NTIC, que han revolucionado los modos de escritura, lectura y distribución no solo de la poesía, también proponen allí poetas con “textos reflexivos, visionarios, intuitivos, a menudo irreverentes, que se desplazan ya con minuciosidad, ya con desparpajo, por los parajes de lo real, cotidiano, fantástico, onírico, transmundano o, como en el caso de Elvira Espejo, en la dualidad entre oralidad y escritura, tanto en quechua como en aymara […] En suma, las jóvenes voces presentes en Cambio climático configuran nuevos espacios donde el ejercicio de la escritura es una pregunta recurrente.”

 

Terminar con una pregunta es la mejor manera de terminar, y que una poética, como lo hace la poética de Emma Villazón, nos haga preguntarnos “¿qué es la poesía?” es probablemente de lo mejor que pueda pasarnos.

 

Bibliografía

Borges, Jorge Luis, (1989). El escritor argentino y la tradición, en Obras Completas I, Barcelona, Emecé.

Freudenthal, Chavez y Quiroga (compiladores) (2009). Prólogo a Cambio Climático Panorama de la joven poesía boliviana, La Paz, Fundación Simón I. Patiño.

Kristeva, Julia (1988). “Poderes del horror” en Poderes de la Perversión, Madrid, Siglo XXI

Van Dijk, Teun, (2001). Algunos principios de una teoría del contexto. En ALED. Revista latinoamericana de estudios del discurso, 1(1), pp. 69-81.

Villazón, Emma (2011). Entrevista en Revista Palmarés disponible en http://revistapalmares.weebly.com/emma-villazoacuten.html (consulta 28/9/16)

(2013). “Más desenfado” en la poesía boliviana dice Emma Villazón- Entrevista, disponible en http://www.lapoesiaalcanza.com.ar/noticias/103-qmas-desenfadoq-en-la-poesia-boliviana-dice-emma-villazon (consulta 28/9/16)

(2015). La poesía de ayer y hoy en Bolivia, disponible en

https://hayvidaenmarte.wordpress.com/2015/08/11/la-poesia-de-ayer-y-hoy-en-bolivia/ (consulta 27/9/16)

Weil, Simone (1962). La condición obrera, Barcelona, Nova Terra

 

Poemas de Emma Villazón

 

De Fábulas de una caída (2007)

 

… la broma…

 

…no se puede. Si

digo estoy con el amigo no

es sinónimo de un retorno a mí.

No existe tal volver. Causa

risa. Lo esperé 10 años. Causa risa.

Es una broma en mi casa. Una farsa

estar. Una bomba de carcajadas

estar. Me he despedido de mí. Uf.

Respirar. Tener que decir soy la obra

de mí. Hablar con el amigo.

Tener un lugar es una farsa.

 

 

 

De Lumbre de ciervos (2013)

 

Diálogo de ciervos

¿Por qué el poeta quiere mirar

                                           y tocar la palabra?

                                           Jaime Sáenz

 

por eso intocable que se aspira rozar

desde la acequia a la neblina que apacienta

el cuello del valle, saliendo del árbol cerrado

y no saliendo, eructando, entrando al baile

oceánico por su tersura abisal, por la traición

debida con las manos heladas, por eso velocísimo

translúcido genital sin dueño que no sabe de límites

 

por eso que restaña posee acusa

percute sume altera abrasa rechaza

en el hijo que vibra estatutos cuando

no hay mole que pegue – por los nacimientos

lumbres de ahogo planetas puentes

papiros que avizoramos

 

por eso intocable – y pan de cada día

 

 

 

 

 

De Temporarias y otros poemas (2016)

 

SONATINA DEL OTRO COSTADO

 

De la mano del viento

rodeada por luces y flores engreídas

va con una sonatina boliviana

en la mitad de la costilla y en la otra

déjase nutrir por acribillados y aludes

 

Va con la boca de la recién nacida

que corre a chupar de un cielo de edificios

va a flor de piel con los resecos padres

atados a su gruesa falda que barre el suelo

 

Va analfabeta del nombre de las calles

a las negras calles con barniz de siemprevivas

va a bordar la Constelación del Desamparo

a partir de unas verduras y sus temporarios

 

No hay retorno, Dios, ni costilla mágica:

érase una campesina maquillada

que se hizo astronauta al pasar la frontera

 

érase una pastorcita de habla entreverada

unos sueños como trapos lanzados a un Mar

 

érase un érase un érase

…….. y un horario                                          sin Sol

érase un érase un érase

……. y una infección de                                 Rosas

siniestras y en Cobre (colecciones de estrellas, inviernos y alaridos)

 

AHORA VOY ABIERTA Y FUGAZ

[1] El título del artículo coincide con el de un poema de Emma Villazón, incluido en su libro Lumbre de ciervos.

[2] Conocí personalmente a Emma en el II Encuentro Latinoamericano de Poetas Mujeres Con rímel, organizado por Gladys González Solís, en Valparaíso 2010. Volvimos a vernos en una localidad suburbana de Santiago de Chile en 2012, quizás alguna que otra vez más en Buenos Aires, o esas fueron llamadas telefónicas, no puedo precisarlo. Lo que sí puedo precisar es el impacto que su poesía tuvo en mí. Tuve el privilegio de ir leyendo su obra desde su primer libro, y los demás mientras se iban escribiendo, y de sostener una breve pero intensa amistad escrita en mails y mensajes de Facebook. Emma participó en las crónicas de Con rímel que se publicaron en Plebella, y también en el número 25 de esa revista, con un cariñoso y lúcido saludo. Muchas de mis impresiones sobre su obra se basan en ese contacto personal.

[3] También, de manera póstuma, se editó el libro de cuentos Desérticas (3600, Bolivia, 2016).

[4] Agregaría, por mi cuenta, a Caro Hoz de Vila, de la misma generación que los mencionados.

Las dimensiones de la Ley de Género en Bolivia

Manuel Canelas[*]

Foto: Satori Gigie

El 21 de mayo de 2016, Álvaro García Linera promulgó la Ley de Identidad de Género previamente aprobada por el Parlamento. “No van a desaparecer si les damos la espalda y los discriminamos. Lo que ha pasado ahora es que este colectivo se ha visibilizado y ha reclamado su parte… Hoy el colectivo transexual y transgénero está enriqueciendo la democracia del Estado de Bolivia”, dijo ese día el presidente en ejercicio al poner la firma sobre una ley aprobada con un apoyo transversal entre oficialistas y opositores. Se trató de un proyecto que no estaba en el programa de ninguno de los partidos en la campaña electoral de 2014 y que, pese a la resistencia de las iglesias católica y evangélica, y de las movilizaciones en favor de la “familia natural”, deja ver avances en la sociedad boliviana en pos de una mayor igualdad. La aprobación de esta ley sirve también para pensar cómo se interactúa con –y de qué modo recuperar el apoyo de– los sectores urbanos que se han ido alejando del proceso de cambio, como se puede ver con los resultado del referéndum del 21 de febrero pasado.

El proyecto de Ley de Identidad de Género, que aspira a que las personas transgénero y transexuales puedan modificar los datos de su carnet de identidad, llevaba en la agenda de las organizaciones militantes bolivianas varios años y no terminaba de encontrar un respaldo institucional firme, si bien es cierto que se logró, a fuerza de insistir, presionar y golpear muchas puertas, ir abriéndole paso en la opinión pública a lo largo de los últimos años. Finalmente fue la actual ministra de Justicia, Virginia Velasco, quien decidió que su cartera hiciera suyo el proyecto. Se lo trabajó junto a las organizaciones y algunos pocos expertos más. Y se llevó la discusión a diferentes regiones del país. Para sorpresa de no pocos, contó con el apoyo del presidente Evo Morales. Luego de ello, se coordinó con la Asamblea Legislativa Plurinacional y se amplió el abanico de instituciones estatales y organizaciones de la sociedad civil consultadas. Finalmente llegó el momento, hace unos pocos meses, de debatirlo en Comité, Comisión y en el Pleno de ambas cámaras legislativas.

Previamente, varios legisladores de todas las bancadas empezamos a comentar el anteproyecto en diferentes reuniones con nuestros colegas. Desde el primer momento, fue notable el apoyo al proyecto de ley y la transversalidad del mismo, lo que pudo comprobarse en las intervenciones en los debates de las sesiones de diputados y senadores.

La voluntad y el apoyo de los presidentes de ambas cámaras fue decisivo, así como el concurso de parlamentarios de la oposición. En el transcurso de la discusión hubo muy pocas intervenciones contrarias a la aprobación de la ley y los argumentos en su favor se centraron sobre todo en que se trataba de un cuestión de derechos humanos y que además es una realidad presente en nuestra cotidianidad: con ley o sin ella esta realidad seguirá allí y tanto la Constitución Política del Estado aprobada en 2009 como la Ley 045 –“contra toda forma de discriminación”– son claras al respecto. De hecho, estábamos llegando tarde como Estado.

Hubo también numerosas intervenciones de gente creyente, y en algunos casos practicante, que también se mostró favorable. Y otros muchos que recordaron que vivimos en un estado laico y que no correspondería introducir criterios fundamentados en las creencias religiosas, incluso si estos eran favorables a la ley. El punto era que la religión no debería constituir el horizonte final de la ética.

Enseñanzas después de la aprobación

Más allá de la contestación de la jerarquía católica, y de algunas otras dirigencias religiosas, que incluyeron movilizaciones en defensa de la “familia normal”, la recepción de la norma ha sido en general favorable. Los medios impresos más importantes del país la han apoyado, al igual que los organismos nacionales e internacionales de derechos humanos. Y, en las redes sociales, la campaña de apoyo suma cada día más y más adeptos.

Resulta muy interesante pensar cómo una ley que no estaba incluida –más allá de los apuntes generales sobre el avance de los derechos– en ninguno de los programas de gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS), de Unión Demócrata (UD) o del Partido Demócrata Cristiano (PDC) consigue –rápida y contundentemente– esa mayoría transversal a las bancadas, un respaldo significativo en la opinión pública y una resistencia menor a la esperada. Lo más razonable es pensar que la transformación de la sociedad avanza, como suele ser habitual, algo más rápido de lo que somos capaces de percibir los políticos. En el caso de los parlamentarios de la oposición, esta relativa incapacidad para percibir las nuevas demandas de la ciudadanía puede permitirse durar un tiempo; en el caso nuestro, del gobierno, creo que no. Un gobierno –un proyecto político– que aspira a seguir gestionando la cosa pública debe tener la capacidad de percibir por dónde va lo nuevo, cómo se está transformando el país y qué respuestas políticas espera hoy. Olvidarse de esto (que es básicamente olvidarse de que no se puede gobernar sin construir hegemonía) suele dar malos resultados.

No parece muy acertado confiar en que la oposición, a día de hoy, no tenga un proyecto nacional. Lo que no va a suceder –nunca ocurre de ese modo–, es que súbitamente un día aparezca un líder opositor con un proyecto alternativo en el que se reconozcan millones de bolivanos. La secuencia suele comenzar de modo diferente: el proyecto alternativo se va gestando en la calle –en su significado múltiple, cuando decimos calle no hablamos solo de asfalto o empedrado–, toma más cuerpo cuando el Gobierno de turno va perdiendo capacidad de seducir con sus ideas, de aglutinar mayorías en torno a estas.

Deberíamos tomar atenta nota de la positiva recepción que tuvo la ley de identidad de género en sectores urbanos. Eso sí, para comprender esta recepción y, sobre todo, cuáles son algunas de las nuevas contradicciones más relevantes de la Bolivia actual deberíamos empezar dejando atrás la caracterización absolutamente sesgada de lo urbano como sinónimo de “clase media” y por definción “antirevolucionaria”, según rezan algunas visiones ortodoxas. El campo de batalla hoy es precisamente lo urbano, entendido en un sentido amplio, no restringido a lo que significaba en los años 80. Es precisamente en este espacio donde tenemos que incidir en la siguiente fase una vez aprobada la ley: en sedimentarla, volverla cotidianidad. No hay avance social que se consolide solo desde lo institucional olvidando la calle; ni sentido común nuevo que se afiance solo desde los movimientos sociales sin que precise el concurso de la institucionalidad estatal. Y esto es particularmente importante en un momento en el que el “proceso de cambio” debe reconquistar a esos sectores urbanos (y medios) tras diez años de gobierno de  transformaciones.

[*] Diputado por el Movimiento al Socialismo.