El caribe y sus literaturas, entrevista con Rey Andujar.

Por: Nahuel Paz

En esta entrevista exclusiva para Revista Transas, el escritor dominicano Rey Andújar cuenta su relación con la literatura y con el campo de la narrativa caribeña. Repasa su carrera, las dificultades para la edición y la comercialización de libros en la República Dominicana, y la importancia de Cuba como centralidad artística y en el vínculo con otros escritores de la región.


Reynolds “Rey” Andújar nació en 1977 en Santo Domingo, República Dominicana. Narrador, poeta, ensayista, dramaturgo y profesor, estudió en la Escuela de Cine y TV de San Antonio de Los Baños, en Cuba, en la cátedra Gabriel García Márquez; y cursó Literatura Creativa en el Baruch College, de New York. Finalmente, logró un doctorado en literatura y filosofía del Caribe en el Centro Estudios Avanzados de Puerto Rico.

Publicó las novelas El hombre triángulo, Candela y Los gestos inútiles; los libros de cuentos El factor carne, Amoricidio, Saturnario y Ugdu; el ensayo de tesis doctoral Formas del ascenso, y El archipiélago de la soledad y Tenebrarium, dos obras de poesía-performance.

Tiene además varios premios y reconocimientos, entre ellos, el Primer lugar del Festival de Cine Insularia-Short Film, de Islas Canarias, España, con el cortometraje Tiznao; el Premio de Novela ALBA Narrativa 2015, de Cuba, por su obra Los gestos inútiles; y su novela Candela fue seleccionada como una de las mejores del 2009 por el PEN Club de Puerto Rico y llevada al cine por Andrés Farías Cintrón. En Argentina, esta novela fue publicada por la editorial Corregidor en la colección Archipiélago Caribe.[i]

En 2022, Andújar participó en Resistencia, Chaco, del Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura.

– ¿Cómo fue la experiencia?

– Me encantó. Gente preocupándose por libros, preocupándose por autores. De donde vengo, esto es muy difícil: crear el mito de la expectativa. Quizá porque nosotros también organizamos las cosas en el Caribe, hay un fuerte contraste. Me llamo mucho la atención que esto ocurriera en una provincia alejada de la metrópolis. Fue una gran cita, 2500 personas por día; tres días para escuchar, hablar de literatura, de lectura. Vi la emoción alrededor, por ejemplo, de Samanta Schweblin, que andaba por ahí; después, con Dolores Reyes. Hasta el final, la gente se mantuvo ahí, al borde de ella todo el tiempo. Me pareció interesante y creo que me fue bien, porque pude poner en contexto algunas cosas del Caribe y Latinoamérica.

– Yendo a tu carrera literaria, ¿cómo empezaste a escribir?

Siempre quise ser artista, pero tenía una relación muy expansiva: me gustaban el cine, la pintura y todo eso. Consumir literatura, consumir lo escrito, era para mí vital, no como un lector, también de caníbal. Y empezó muy temprano. Todo llega a un punto en que quieres saber el otro lado de la lectura. También tú quieres ver cómo se venden esas cosas y participar en eso de otra manera. Entonces, tuve muy claro desde joven qué me gustaba, pero se me presentaban las cosas que se les presentan a muchos escritores como nosotros: ¿de qué vas a vivir?, ¿cómo lo vas a hacer?, ¿cómo lograr mi condición social en la República Dominicana? Porque es un país más que racista, clasista. No encajaba yo ahí. Para mí era más fácil ser contable o gerente de McDonalds que ser un escritor o un artista o un crítico, ¿no? Quizá eso me dio un poco de valor para revertirlo, lo hice por un tiempo; trabajé, estudié cosas de negocios. Pero ya hay un punto, hago un primer cuento que se llama “El factor carne”. Y me cuelo casi por equivocación en lo que allá se conocería en ese momento como la literatura nacional. Porque en un concurso me dan una mención, pero ahí el único desconocido era yo. Todos los que ganan los tres primeros lugares y las menciones eran gente muy importante del medio intelectual nacional.

– Eras el joven, la novedad y el novel todo junto. 

– Exacto. Y tal vez por eso no sigo la carrera por ahí, sino que digo entiendo esto, pero no lo quiero y decido siempre irme por otro lado, por la puerta de atrás, porque sabía que podría ser muy frustrante tratar y vi muy rápido lo que era el mercado. Conocí el mercado editorial porque consumía mucha literatura, claro, y entendía cómo se movía eso. No quería ese mundo de chismes y todo eso. Siempre dije que quería trabajar. Y me fui a Nueva York, pero siempre escribiendo.

– ¿Seguiste escribiendo con ganas de publicar?

– Sí, pero sin ese chismerío que te había comentado. Entonces, se me da de publicar mi primer libro con una editorial pequeña, Isla Negra Editores, y mis propios esfuerzos. Encuentro esa editorial ya una poco más establecida, que se movía entre Centroamérica, Puerto Rico, que era su base, y Santo Domingo, que era donde imprimía. Con ellos empecé. Tenían un catálogo muy grande y yo tenía miedo de que me perdiera en el catálogo, pero empecé con ellos, como empezó Rita Indiana, que sacó su primer texto por ahí, y también Pedro Cabiya, que es un gran cuentista dominicano/puertorriqueño Como Pedro Antonio Valdés y muchos otros más; Aurora Arias también. Como yo veía que por ahí se podía, era como un modelo a emular, pues también hice lo mismo y con ellos publiqué mis dos primeros libros, hasta que después llegó lo de Alfaguara, que me ayudó un poco a conocer otras aguas. Y ya es tomándome un break de todo lo que es laburar en cosas de negocios que se me da la oportunidad de estudiar un curso de cine en San Francisco, un curso de teatro en Boston. Entonces, este editor de Isla Negra me dice: “Ray, ¿por qué no te haces un doctorado en literatura o en humanidades para que puedas dar clase en una universidad y entres en ese sistema que das clase dos semestres, tiene los veranos”. O sea, era un sistema que se había armado gente como él mismo, que había muchos profesores que él manejaba, porque Carlos Roberto Gómez Beras en sí mismo también es profesor de lengua, además de ser editor y tener la editorial. Ahí es que yo directamente digo voy a empezar a mandar solicitudes a algunas escuelas graduadas, y me aceptaron en varias. Cuando me aceptaron en la de Puerto Rico decido irme por el Caribe de nuevo. Era una oportunidad para reinventarme también y en ese momento había dejado mi primer matrimonio. Me voy a Puerto Rico y me instalo. Y ahí empieza la parte del Rey que tú conoces. Ya empiezo decididamente a ser escritor. Si bien trabajaba como bartender y en restaurantes, era la literatura el oficio, digamos, estudiando en la Facultad de Filosofía. Eso sí, decidí no estudiar literatura, sino filosofía, porque ya me he ido al llegar a la literatura. Por otro lado, me llamó mucho la atención que el primer semestre del doctorado se me acercaban profesores a decirme “¿te molesta si yo doy tu libro El hombre triángulo en la clase de esa asignatura?”. Me llamó mucho la atención que ellos lo hubiesen leído de esa manera. También me ayudó mucho a mantener un poco la humildad de saber. “Mira, te está observando”, en vez de explotar el ego, estar consciente de que ahí tenía que tener más cuidado, leer más, afinar un poco mis lecturas.

– ¿Cómo lo resolviste?

– Y ahí empiezo a leer más El Caribe. Hasta ese momento, era un gran consumidor de literatura de otros sitios, de la Argentina, literatura española, traducciones, todo. Pero lo que era literatura cubana, puertorriqueña y sobre todo dominicana, yo no la había consumido de esa manera hasta que llego a Puerto Rico. Me encuentro también con intelectuales dominicanos que se habían exiliado, como Néstor Rodríguez, que ahora está en Toronto. El mismo Miguel Ángel Fornerín, un gran maestro que me empieza a dar textos de literatura dominicana clásica que yo no encontraba en Santo Domingo. Por una aversión a expandir el conocimiento, lo que tú quieras. Y ese concepto de escritor caribeño que yo tengo ahora, que así es que me defino más que como un escritor dominicano, como un escritor caribeño, es ahí, en Puerto Rico, en donde todo se asienta. Y ahí escribo mis colecciones de cuentos como Amorcidio, Saturnario, que me ayudaron mucho a hacer las novelas. Ahí empiezo a trabajar en teatro, a escribir mucho teatro, también escribiendo y actuando en cine en Puerto Rico. Además, ese momento empieza también el nuevo boom del cine dominicano. Aunque es en Puerto Rico, se hace mucho. Empecé a hacer de ghostwriter. Llegaban muchos guiones que necesitaban ayuda y me contrataron para reescribirlos. Por ejemplo, este nuevo boom ayudó para que películas como Candela pudieran hacerse hoy, porque no eran películas de chistes, de comedias, ni nada de eso. Son películas como thrillers o un poco más serias.

– Un cambio de paradigma que te benefició en muchos sentidos, como escritor y artista. Siguiendo un poco con algo que comentaste sobre el caribe y dominicana, ¿cómo ves esos campos de la literatura centroamericana y dominicana?

– Están pasando cosas. Lo que me interesa es que hay esfuerzos individuales que la gente los agrupa, porque veo que los escritores que ahora mismo están empujando y trabajando están más conscientes de las precariedades editoriales. Entonces, se aúnan con editoriales pequeñas, de ahí mismo, del entorno, pero también quieren hacer puentes. Entonces, cuando logran publicar afuera, tratan de que esas editoriales, ya sean pequeñas o grandes, volteen la mirada a los que están haciendo allá, porque el escritor ahora está muy consciente de lo difícil que es publicar. Antes no pasaba así. La generación anterior se caracterizaba por cierto hermetismo y que, cuando uno conseguía publicar afuera, no comunicaba, no hacía que la editorial volviera y se volcara a ver lo que estaba pasando en el sitio de origen de uno. Te puedo decir que hay una crisis editorial, como en todo el mundo, pero hay más que crisis. Yo también la llamo precariedad, porque el problema de nosotros no son las imprentas, tenemos imprentas de publicaciones de excelentísima calidad que no tienen nada que envidiarle a ninguna editorial del mundo. O sea, a nivel de calidad. Nuestras imprentas. Las editoriales pequeñas están pujando. Se cuidan mucho con la selección y los textos, la edición se cuida también.

– ¿En qué se manifiesta esta precariedad que decís y este problema?

El problema mayor que existe tanto en Puerto Rico como en Santo Domingo es un problema de distribución. Yo he estado ya más de cerca este año, por ejemplo, trabajando directamente la gestión cultural y editorial desde el gobierno y al nivel privado. El modelo ha cambiado y ha habido una resistencia a adaptarse. Por ejemplo, lo que se dice mucho es que la librería ya no existe y hay como una melancolía de que ya no existan. Me parece que es el momento de pasar al otro punto, qué vamos a hacer ahora, porque hay un modelo que siempre ha existido y al que se le puede sacar mucho provecho: colocar los libros en otro lugar. Por ejemplo, ahí hay una tradición muy grande de tener el libro en los supermercados, y digo tradición porque es algo que se viene haciendo desde siempre. Al lado de la caja registradora siempre vas a tener uno o dos anaqueles de libros. Yo mismo hice muchas de esas colecciones. Y desde esos lugares se puede hacer algo, yo así conocí escritores. Nadie tenía que decirme “mira, este es un escritor”. Había libros, estaban en la caja, se veía bien. Y como a veces uno compra un vino, lo compraba. Eso es una oportunidad que podríamos explorar más, porque en el supermercado “La Farmacia” se hacía y todavía tenemos grandes centros comerciales que se abrirían a la oportunidad, pero no hemos creado ese sistema de distribución. Hay una resistencia a ver cómo podemos hacer eso. No hay cooperativas de editoriales pequeñas, es un área de oportunidad en la que podríamos ser. Yo creo que esas cosas no han pasado porque hay también un gran nivel de desconfianza en el sector. Entonces, como hay tantos escritores y se publica tanto, es muy difícil. Si este mes vienen diez escritores a traerme el libro que publicaron, cogerlo a consignación te puede dar un 60%. Se le complica mucho a ese supermercado, a esa farmacia, hacer ese negocio, pero por ahí va. Esa es la situación.

Rey Andujar

 

– ¿El éxito internacional de Junot Diaz abrió algún camino en dominicana? 

Ahí sí. Digamos, en un segundo movimiento, que empezó con Julia Álvarez, que es una dominicana así como él; gente que se va muy temprano del país, se educa en inglés, pero cuando migra un caribeño, si bien en su familia se enfocan en que los niños se eduquen en el sistema al del país al que llegan, en la casa se mantiene rígido y férreo el sistema que traen, ya sea de Latinoamérica, del Caribe. Por ejemplo, Soledad lo explica muy bien en su libro De cómo las muchachas García perdieron el acento. Julia se fue un poquito mayor y sí pudo supervisar muy bien sus traducciones, se encargaba, se tomaba el tiempo de mirar las traducciones al español, aunque escribía en inglés para ver que el mensaje llegara. Soledad se hizo muy conocida en nuestro país pero era, como te digo, una estrella sola que brillaba ahí ¿no? Y ya cuando llega a Junot, trae otra generación, de un nivel económico mucho más bajo al de Soledad y que sí se habían criado totalmente en inglés y se le dificultaba el español y el que hablaba ya era un español básicamente de sobrevivencia, de supervivencia de barrio. Un español ya muy mezclado con el spanglish, no uno, digamos, culto. Con esto te digo que, a diferencia de Soledad, él no revisaba sus traducciones, le importaba muy poco, no había un cuidado de su parte. Y por eso hay una arruguita que yo siempre he querido destacar. Cuando se lee a Junto en la República Dominicana se le lee en una traducción de Eduardo Lago, el escritor español que en ese momento era director de El Instituto Cervantes de Nueva York. Él es que traduce, entonces empieza ella como con un pie equivocado, porque Junot es muy difícil de traducir.

– La traducción que circula en Argentina es la que hizo Achy Obejas para Random House Mondadori. Entiendo que es una traducción más cuidada, pero Los Boys sí tiene esta traducción que mencionás, muy “española”. 

Sí, creo que es el que primero salió, pero en dominicana pasó algo distinto. Algo que se dió mucho en Santo Domingo era la edición pirateada. Se hablaba mucho de que, por ejemplo, García Márquez tenía una edición original, buena, que te gustaba, pero siempre también tenías la pirateada, que era muy interesante por el trabajo que se hacía y era la que pasaba de mano en mano. A Junot le pasó eso. Lo leyeron mejor los que conocían el inglés, porque uno tiene una relación con la lengua americana-inglesa mucho más cercana que la de Julia. La historia para ella es importante, te va a contar la historia, pero para Junot no. ¿Cómo te cuenta la historia? En ese inglés que él conocía, en su contexto sociológico era muy importante. Eso lo vas a ver más crudamente en La maravillosa vida de Oscar Wao, cuando él te trae todo ese tipo de influencias de ciencia ficción o la calle, la genialidad, ese texto. Pero él es tan bueno que sobrepasa cualquier tipo de problema que haya tenido, todo inconveniente o incoherencia con las traducciones que se hicieron.

– Es que La maravillosa vida de Oscar Wao es una novela impresionante. Llevo una especie de estadística personal que la señala como una de las novelas preferidas de la literatura latinoamericana contemporánea de muchas/os académicas/os y especialistas.  

Lo único que yo puedo criticar o levantar de ese movimiento Junot Díaz es que era una luz tan grande que cegaba cualquier cosa que había alrededor y, por mucho tiempo, salvo Rita Indiana, quizá porque es otro caso, cualquier cosa que se hablaba de la literatura dominicana se monopoliza alrededor de Junot. Era muy difícil leer lo otro, incluso los clásicos, porque llegó un tiempo en que, por alguna razón que no sé bien, se metió en problemas con la clase política dominicana en ese momento, y eso le sirvió para echar todo en un saco y un poco denostar los clásicos dominicanos y tal. O sea, no era el tipo que te iba a recomendar lecturas de nosotros para que tú veas si te interesaba. Yo creo que tenemos una literatura muy buena, la de él, la verdad, pero por un tiempo eso te bloquea un poco todo el campo. Puedes encontrar, por ejemplo, a Elizabeth Acevedo, que tiene una novela que se llama La poeta equis. O a Angie Cruz, con una novela que se llama Dominicana, y Kianny Antigua con un libro de cuentos Bestezuelas. Son tres autoras inmigrantes que que conocen muy bien el español, pero que escriben en inglés, que cuidan mucho sus traducciones, porque se cuidan de que hay un mercado allá. Bueno, recién Angie Cruz se preocupó de que la editorial le diera los derechos para hacer una edición gratuita para las escuelas públicas en la República Dominicana por la Editora Nacional de Dominicana para contar esa historia. Son escritora de muy buena calidad y abren un poco el espectro de esa dominicanidad que te estaba contando Junot. En cierto sentido, eso es muy positivo para nosotros ahora mismo; que de esa diáspora acepten esas historias. El libro Dominicana de Angie Cruz fue finalista del Booker Prize. O sea, eso te dice mucho.

Quería preguntarte sobre la relación con Cuba. Una novela tuya obtuvo el premio ALBA de narrativa, que también obtuvieron Mónica Ojeda, de Ecuador, y Daniel Ferreira, de Colombia. Escritoras y escritores jóvenes con proyección internacional, como si Cuba mantuviera su fuerza cultural y de producción. Te iba a preguntar por esa relación, con la editorial cubana, con los premios cubanos, con la literatura cubana. 

Sí. Al principio, en los comienzos de los 90, cuando la generación mía en Santo Domingo empezó a trabajar la literatura, nosotros podíamos mirar a Cuba muy fácil, porque era un momento en donde Casa de Teatro en la República Dominicana, un espacio cultural muy importante, empezó a coger artistas cubanos por la crisis cubana, y empezó también a promover esa literatura, por un convenio con Casa de las Américas. Entonces, libros muy importantes de autores cubanos contemporáneos, que tú no ibas a encontrar en las librerías porque estaban los clásicos, lo ibas a encontrar en la librería de Casa de Teatro. Ahí fue, por ejemplo, que no leímos a Alberto Guerra Naranjo. Empezamos a leer cosas de los primeros cuentos de Ahmel Echevarría. Lo leímos por ahí, muchas cosas que no llegaban regularmente. Por ejemplo, textos de Pedro Juan Gutiérrez, antes de ser famoso, nosotros lo encontrábamos en Casa de las Américas. Entendíamos que había una pulsión y una fuerza, porque también los premios empezaron a abrirse a autores cubanos en los premios dominicanos para poder garantizar una buena presencia editorial, porque no era fácil publicar en Cuba, no es fácil todavía, y eso ya nos hizo una relación y muchos de ellos venían. Leonardo Padura vino, mucha gente de la UNEAC. A mí me costó diez años después de ese momento llegar allá físicamente y entablar un contacto con Casa de las Américas y conocer esa otra relación con escritores latinoamericanos que se juntaban allí. Pero yo no llego necesariamente por la literatura, yo iba primero por el cine, porque Gabriel García Márquez daba un taller en la Escuela Nacional, en la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Dictaba un taller muy famoso que se llamaba “Cómo se cuenta un cuento”, que era básicamente un taller de cortometraje en donde por la mañana García Márquez daba una charla y hacíamos una lluvia de ideas de cómo conseguir escribir juntos un cortometraje. Y en la tarde iba un cineasta. En el en el curso que me tocó a mí, era Senel Paz, el guionista y cuentista. Y ahí yo empecé a hacer mis relaciones con Cuba y a conocer gente. Ya había dejado unos textos. Recuerdo que en ese momento ya se empezaba a pensar en una película de la novela Candela, y cuando envío el texto para el concurso de Alba Narrativa, yo ya había participado el año en que ganó Ferreira. 

– Daniel Ferreira lo gana con Viaje al interior de una gota de sangre, gran novela.  

Sí, y sin saberlo ya había participado con otro texto. No fui agraciado, pero como estaba tan atento pude ver todo lo que pasó. Y ahí fue que conozco a Ferreira. El año en que él ganó, el texto que yo mando es Los gestos inútiles. Es una novela que iba a salir con Alfaguara antes de que fuera adquirida por Random House. Ya estaba todo listo. Tenía portada escogida y todo, pero cuando se hace la compra por Random House ya me quedo con mi novela en la Vetada. Yo lo que hice fue trabajar la novela sobre las recomendaciones que me había dado el editor en ese momento, que era muy bueno, un editor colombiano, Mario Barrero Fajardo, y entonces decido enviarlo al concurso del ALBA. Y ahí es que cuando me premian siempre pienso como tú mencionas lo de Mónica y Daniel, porque siempre se me había ocurrido que mi lenguaje era muy caribeño, muy local y que no se me iba a entender fuera de Santo Domingo. Cuando consigo ese galardón, con un colombiano que me lee, con una ecuatoriana que me lee, ya digo “bueno, pues entonces no somos tan distintos, hay un contexto, se puede entender, no estamos tan distantes”. Y me agradó mucho después la presentación, la edición que se hizo allá; hacer todo ese proceso y trabajar con una editora cubana. En ese momento había trabajado con un editor colombiano y editores dominicanos. Para mí la figura del editor es muy importante y no se conoce ni se promueve mucho en el medio del que yo vengo.

– ¿El editor o la editora no tienen presencia en Dominicana?  

Así es. En Santo Domingo tú haces un libro, un amigo quizás te lo lee y después vas a una imprenta. No hay editoriales ahí, hay imprentas. Es muy interesante, porque en Santo Domingo no hay una sola editorial que imprima su libro. En Santo Domingo hay editoriales y después van a una imprenta. Y porque el ego del escritor dominicano es tan sutil que el editor a veces tiene miedo de corregirle cosas. No se ha desarrollado mucho esa comunión, y yo la aprendí temprano. Entonces, agradecí mucho poder haber trabajado con la visión de un editor, con una editora cubana, y fue una gran experiencia. Después de eso, he ido como cinco veces a Cuba. 

– Intenté conseguir esa novela, pero estaba por fuera de mis posibilidades presupuestarias. 

Esa es otra dificultad, otra de las precariedades. 

Cortesía editorial corregidor

– Se viene la película de tu novela, ¿participaste en el guion de Candela?

Primero era un guion que hice en Nueva York. Por la situación económica del país en ese momento me doy cuenta de que iba a ser imposible filmar eso. Ahí es cuando la guardo en la gaveta y me voy a Santo Domingo a vivir de nuevo un tiempo. Me voy decidido a ser novelista y hacer esa novela. Empiezo a sacar las escenas, me digo que la voy a hacer una novela porque no la voy a poder filmar nunca. Tenía en ese momento una editorial puertorriqueña llamada Isla Negra y, por lo menos, la podía escribir contando que podía someterla a esa editorial con la que ya había publicado un libro. Con ellos nos había ido bien, pero lo que me ayudó en ese momento fue que la editorial decide siempre trabajar con editoriales pequeñas, por eso decía “mira, esto está muy bueno. Se lo podemos llevar, subirlo de nivel a otro editorial”. Y ellos en ese momento habían colocado a un escritor llamado Pedro Antonio Valdés con Alfaguara en Santo Domingo, y habían logrado colocar una novela llamada El Carnaval de Sodoma, que Alfred Arturo Ripstein la toma y la hace una película en México. Entonces, logramos colocar candela en Alfaguara. Mucho después, un director llamado Andrés Farias Cintrón, que había estudiado en Cuba, un día me encuentra en un bar y me dice “mira, yo quiero hacer una película de tu obra, me gusta mucho Candela, quizá empiece por ahí, pero yo he estado haciendo cortometrajes en la Escuela de Cine y todos los cortometrajes lo hago con tus cuentos”. Entonces sí, nos sentamos. 

– Se mantiene algo muy visual en la novela. Tiene varios momentos en los que la narrativa estaba muy trabajada sobre las imágenes. ¿Va a estrenarse la película en Argentina? 

Primero

– Y justo Candela tiene muchos exteriores. 

Es que Candela nosotros lo hicimos al revés. Todo porque fue un esfuerzo que se hizo con muchas becas, con muchos premios, con muchos workshops. Era una reunión de esfuerzos. Casi toda la gente mejor en sus áreas, por ejemplo, mejor vestuarista, muchos de los mejores actores. Porque no hay mucho dinero. Decíamos “mira, estamos haciendo este proyecto. Mira tú el guion para que yo entienda lo que es el manifiesto. Aquí está la novela. Esto es lo que estamos tratando de hacer”. Y ellos entraban al proyecto. Entonces, aparte del dinero que reunimos con distintos premios, becas y apoyos, ya la última parte, para terminar la película, fue un préstamo y eso nos sometió al hecho de que el primer año no podíamos hacer nada comercial con la película, era todo festival. Entonces, nos hemos pasado este primer año nada más festival, festival y premio, y no ha sido tan mal porque sí nos han premiado mucho. Anoche se dieron los premios La Silla, que son los de la industria en Santo Domingo. Teníamos como 15 nominaciones, ganamos casi todas, incluyendo mejor guion, mejor sonido, mejor musicalización, mejor película. O sea que todavía estamos en ese proceso. Ahora vine por el foro y unos días para Candela, pero la idea es regresar y quizá con Andrés, el director, o con Pablo, el productor, explicar todo el proceso y presentar la película. O si no venir, presentar la película y también presentar un documental en el que yo colaboré directamente. Escribí el guion, se llama Isla de dos Repúblicas, es un documental educativo sobre las diferencias y las y las relaciones entre la República Dominicana y la República de Haití. Lo ideal para mí sería venir, exponer las dos películas y hablar un poco de eso. No descarto que mucho antes de que yo venga la película caiga por aquí por algún festival o algo, porque en eso que estamos ahora mismo. 

– ¿Y ahora en qué estás?

Después que termino el doctorado, me mudo a Chicago con un poco de miedo por alejarme del Caribe, donde ya me estaba asentando, pero mi esposa me decía que, aunque yo no lo creyera, Chicago es una ciudad muy cosmopolita y que me iba a permitir conectarme más. Y tuvo razón, porque cuando llegamos, empiezo a viajar con más frecuencia a México, a Cuba, y es donde hago el contacto, por ejemplo, con Corregidor. Es como un sueño realizado para un escritor como yo, un escritor que no tiene agente, un escritor que se mueve entre editoriales pequeñas y que puede mantener su obra viva de esa manera, que Fernanda Pampín haya tenido la visión de publicar Candela. Volvemos otra vez a las editoras. Cuando nos metimos con Candela, vimos mucho también el material original, porque con Alfaguara se había perdido mucho de ese material por una cuestión mojigata de los editores de ese momento, pero el que ya se abriera a los textos originales y a discutir conmigo ciertas cosas…, pues yo pienso que la versión más acabada de Candela es la que tiene Corregidorahora, porque también que se acerca más a la idea original que yo tenía de cómo tenía que ser ese texto, con esas ideas del cine y todo lo demás. Quizá, Fernanda entendió muy bien esas confusiones de la intercalación de las cartas y de los textos. Lo entendió muy bien y es ella quien decide, también con mucha visión, incluir el manifiesto al final. Era como un parteaguas, digamos, esta edición de Corregidor de Candela. Para un escritor caribeño estar en esta colección, Archipiélago Caribe, y estar al lado de Marcial Gala o de Aurora Arias o del mismo Eduardo Lalo, es muy importante. A la distancia, también es muy importante estar con toda esa tradición que ya tiene la editorial, porque uno la admiraba, uno era lector y todo eso, y ahora aprende muchísimo más. Y también llegar a Argentina, porque yo siempre tengo que aclarar que, para sorpresa de ustedes, la cultura argentina para el caribeño es muy importante. Nosotros nos encontramos mucho en esa manera argentina de leer y de escribir que, más allá de Borges y de los grandes nombres de la literatura de ustedes, eran muy importantes. Mucha gente se sorprendía cuando yo hablaba de Ricardo Zelarayán. Es que aquí no se lo leía y nosotros por un tiempo anduvimos con La piel del caballo, pasándola en fotocopia. Es muy importante eso. Me gusta mucho haber publicado aquí porque también, como te digo, define esa idea de ser universal, pero también de mantener esa cosa de editorial pequeña y esa cuestión íntima y del respeto a los autores. Porque si se han estado perdiendo cosas en nuestro mundo editorial, esa es una de ellas: el respeto a la autoría, a su obra. Eso hay que valorarlo. Por eso agradezco mucho y espero que sigamos haciendo cosas juntos aquí.


[i] https://www.corregidor.com/productos/candela/

Naturaleza sublevada en «Río de las congojas»

Por: Candela Martínez Jerez

Candela Martínez Jerez, alumna de la Maestría en Literaturas de América Latina (UNSAM), realiza en este texto un análisis de la obra Río de las congojas de la autora Libertad Demitrópulos. A partir de la obra de Demitrópulos, Candela propone una reflexión sobre la resistencia de la naturaleza a los colonizadores en el Rio Paraná.


El siguiente trabajo propone un análisis de Río de las congojas a partir de la idea de que la novela construye al río Paraná como epítome de la naturaleza de Santa Fe (asociada también al cielo, al bosque y a la humedad) para así dar vida a otro personaje subalterno, que se suma al linaje desposeído de Blas, Isabel y María, de acuerdo con sus respectivas posiciones mestizas y femeninas pobres. En este sentido, el mestizo menciona repetidas veces que los conquistadores eran “pobladores venidos de lejos a desencantar la tierra” (Demitrópulos, 2018:97). Frente a esto, la particular figuración de la naturaleza santafesina que él realiza la reencanta y animiza.

Temporalidad encantada

Abbate (2020) encuentra en la obra de Demitrópulos configuraciones narrativas propias de la “épica de los vencidos”: fragmentarias, no lineales, circulares o de sumatoria de peripecias, desarticuladas y de final abierto, en oposición a la “épica de los vencedores”. El objetivo de estos romanzi sería evidenciar y erigirse contra las pretensiones teleológicas, necesarias e imperecederas de los relatos imperiales de los vencedores, “con forma”, frente a la condición “amorfa” de las narrativas de los vencidos. Particularmente, en el caso de Río de las congojas, aquellos vencidos aludidos una y otra vez por Blas, son los mestizos involucrados en la Revolución de los Siete Jefes, cuyo final fue la decapitación de los líderes de la insurrección por parte de Juan de Garay. La novela, entonces, presenta un episodio fundacional fallido a la vera del Río Paraná previo a la fundación del puerto de Buenos Aires, a las orillas del Río de La Plata. La novela no solo se ancla en las peripecias ocurridas en Santa Fe, donde los conquistadores no pudieron asentarse, sino que lo hace desde una perspectiva “caleidoscópica y dialógica” (Abbate, 2020:309), a partir de la sucesión de puntos de vista de un mestizo, de una mujer de origen humilde y de una mujer “pecadora”, luego transfigurada en madre de un linaje ancestral. Así, no solo se escenifican los fracasos de la conquista, sino la pluralidad de las vidas atravesadas por aquellas desavenencias, cuyas trayectorias vitales tampoco se corresponden con la matriz teleológica de la victoria imperial.

En cuanto a la temporalidad de este tipo de relato épico, Abbate lo vincula con una reconstrucción de los hechos a partir de la lógica de la memoria, en términos de una evocación subjetiva, que a lo largo de Río de las congojas “construye una visión caleidoscópica y dialógica de aquel contexto histórico” (309). Esta visión también se caracteriza por el “tono íntimo” (2019:1) de los relatos de los protagonistas, entre los cuales “los efectos de sentido destellan en la frontera entre una conciencia y otra” (ibíd.). El propio título de la novela da cuenta de la intimidad del acontecer emotivo de los personajes con el río, en el cual viven (a su vera, sumergidos en él —por las sucesivas inundaciones—) y navegan sus existencias, en todas las direcciones (desde Asunción, hacia Sante Fe, hacia Buenos Aires y también en sentido contrario). Todas las marchas y contramarchas de sus erráticas trayectorias, alineadas con la arquitectura del relato, y sus respectivas congojas son figuradas en aquel cuerpo de agua, que “da carnadura” a sus afectos.

En este punto, quisiéramos proponer que la temporalidad mitológica y no lineal de la novela no solo se relaciona con la épica de los vencidos y con la impronta de la memoria en la representación de fallidos episodios fundacionales, sino también con características del terreno y de la naturaleza de Santa Fe, especialmente del Paraná, que se entretejen con la percepción mestiza de Blas para producir, en y desde la voz de este personaje, un encantamiento de la naturaleza frente a la avanzada colonial y extractivista sobre la tierra.

La voz del mestizo abre la novela y desde un comienzo narra su fascinación por la geografía del litoral: “El bosque cobija vidas hechas de palpitación que nunca mueren ni nunca morirán mientras haya boscosidades y selvas” (Demitrópulos, 2018: 69). El entorno donde se desarrolla su vida, por un lado, se adscribe a una temporalidad eterna, lindana a lo mítico, y, por otro, se animiza como muchas vidas, con sus propias palpitaciones, que dan ritmo a aquella temporalidad extra cronológica. También los amaneceres son objeto de contemplación del mestizo, quien los figura como “fantasmas que temblaran en la nublazón” (íd.). Nuevamente, lo extra cronológico y el pálpito, con matices de estremecimiento en este caso. Del mismo modo, las nubes protagonizan el paisaje narrado por Blas: “bajan alargadas a posarse en el lomo del agua, como quemazón de suspiros” (42). El cielo, particularmente, reposa sobre el río, se suspende y flota sobre él, evocando una respiración un tanto teñida por la melancolía, en forma de suspiros, que también remite a un vínculo singular con el tiempo, al redirigir al pasado.

Pero el Paraná como criatura no solo se figura como el lecho en suspensión de otros elementos de la naturaleza, sino que su ser envolvería una forma de consciencia: “El camalote es su pensamiento florecido y flotante y por donde empieza a enamorar” (11). El embelesamiento del mestizo con el río, creemos, está a la par de su amor por María Muratore. La intimidad de este vínculo no solo se afianza en la contemplación, sino también en formas singulares de encuentro corpóreo: “Si uno se llega con el mate a su vera comprueba que la vida se le ovilla y desovilla con el correr del agua, se desalma, queda puro huesos del pensamiento, sin carne ni habla, sin sueño en los ojos, y se siente irse en la corriente cuesta abajo” (10). En esta cita no solo se trama el tejido vital de Blas con el río, en un movimiento ajeno a una linealidad de la existencia, ovillada y desovillada en sintonía con el correr del agua; sino que su cuerpo se funde con el río, al igual que los otros elementos de la naturaleza percibidos por Blas.

Frente a esta unidad y armonía del mestizo con la naturaleza litoraleña, los protagonistas de la “épica de los vencedores” desarrollaron una aversión por ella: “La tierra siempre se malquistó con ellos, no la han sabido querer. Desencantar era lo que se habrían propuesto hacer con ella” (17). Más adelante, Blas agrega que a aquellos “pobladores venidos de lejos a desencantar la tierra, […] la tierra se los tragaba” (97). No solo la predisposición afectiva de los conquistadores con la naturaleza no era armónica (buscaban “desencantarla”), sino que la propia tierra los expulsó y se los tragó, por no saber —ni siquiera intentar— quererla. De este modo, la composición, en términos pictóricos o musicales, de Blas con el río es total. El mestizo forma parte de aquella naturaleza, que está en los orígenes de su familia y ancestros, pobladores del continente americano.

El linaje de Blas palpita y se recuesta sobre el Paraná como el resto de la naturaleza: “Sosegado mi ánimo, me puse a cantarle unos areitos y sentí que por mi boca y mi garganta él me traspasaba y se alojaba en mis adentros […]. Luego, ya en mi interior, se instaló su salobre especie; cadencias. Padre mío, le dije” (107). El río es parte de la subjetividad y la corporalidad de Blas, su especie y su cadencia se imprimen sobre su experiencia vital, íntima e interior, alejándola de la experiencia europea del tiempo, que busca conquistar el continente y arrasar también con sus cosmovisiones y figuraciones temporales y espaciales, con el linaje de Tupasy, apelada también por el mestizo: “Pero, ¿dónde se duerme mejor que en la canoa, cuando se la deja rolar tranquila sobre el río? ¿Dónde era más fácil la conversación con la finadita que alejado de la inquina del tiempo y de los negocios carnales?” (145) (destacado propio). El Paraná es su padre, su simiente, a quien declara: “Hasta en sueños me había acostumbrado a oírlo cuando golpeaba la orilla y me avisaba que mientras él viviera yo viviría y mientras él fuera fuerte yo tendría fuerza” (107). La temporalidad subjetiva, finita, se funde con el río, con su correr incesante, ajeno a las cronologías y los avatares humanos. La extensión temporal de la vida de Blas en el relato no es clara, se insinúa su carácter centenario, su correr paralelo al Paraná, cuando se describe la inclemencia e indiferencia de la geografía litorañela frente a los intentos de asentamiento de los conquistadores desencantados: “Cuando llegamos con Garay a esta costa de durezas y cardales nadie pensó que cien años después, hundidos los sueños, se estaría de nuevo al empezar. Por eso se van yendo. Mucho tardaron en maliciar la travesura. Despreciando la galanura de la costa de enfrente” (23).

En este sentido, en línea con lo postulado por Abbate, cuando plantea que el río es el espacio simbólico que articula una ficción de origen asociada a una mujer (Muratore), queremos agregar que aquella ficción de origen también abarca una geografía, con su bioma, y las comunidades originarias que allí residían, con anterioridad a la conquista de América. La voz y el fantasma de Muratore en el Paraná se suman al coro de voces de toda una comunidad: “Una vez ahí adentro, uno aprende a conocer la historia de sus abuelos comidos por los yacarés. Se entera de que su tata viejo tenía los pies rajados e hinchados como lo tuvieron su bisabuelo y su tatarabuelo y su más abuelo que todos, ése que principió el abuelaje; uno sabe así que ellos estaban siempre en el agua” (22). Una comunidad, un pueblo, un linaje cuya cultura articulaba otra percepción de la naturaleza, un acontecer casi anfibio, en franca oposición con la búsqueda de usufructo, explotación y saqueo del espacio, percibido como mercancía, de parte de los conquistadores desencantados.

Blas también ancla su particular percepción espacio-temporal en su condición mestiza: “El mestizaje no es únicamente un alboroto de sangre: también una distancia dentro del hombre, que lo obliga a avanzar, no sobre caminos, sobre temporalidades. Todo se va trabajando al revés de los otros. ¿De cuáles otros? Ahí está la cuestión. Todos son los otros” (35). El movimiento, el discurrir del mestizo por la vida, entonces, implica en sí mismo una operación sobre el tiempo, figurado en fragmentos de temporalidades unidos por pisadas, marcado por el ritmo y la cadencia de direccionamientos diversos a la linealidad trazada en los caminos europeos que territorializan la tierra, la naturaleza. La trayectoria mestiza es, además, opuesta, contraria al avance y el desplazamiento europeos, nombrados como otredad. Todos son los otros, menos el río, menos la naturaleza. De este modo, retomando el concepto de la épica de los vencidos, en Río de las congojas la condición y la vida mestizas son las que disponen la temporalidad extra cronológica, el emerger de la otredad, el desvío y lo fragmentario.

Feminidades encantadoras

Para Isabel y María también todos son otros. No forman parte de ningún linaje. Ambas desconocen o fueron abandonadas por sus madres y padres. Ambas son pobres, con residencia en la calle del Pecado, en Asunción. Ambas, sin embargo, se ovillan con la materia encantada de la naturaleza del Paraná: Isabel, por medio de sus tejidos, textiles y literarios, María como resultado de la trama mítica que teje Isabel y, previamente, como dueña del anillo que le regaló Garay. Esta joya, por un lado, remite a una circularidad temporal extra cronológica. En torno al anillo, episodios de la vida de la madre y de la hija se repiten: el romance con el gobernador de Buenos Aires, los encuentros con un mozo colorado extemporáneo en sí mismo, cuyas repetidas apariciones —con variaciones–- se figuran en el juego anagramático de su mismo nombre (Salocin, Nicolás, Laconis).

Aquel anillo, de acuerdo con Blas, proliferaba numerosas historias sobre sus orígenes:

Muchas lenguas corrieron sobre el anillo. Que había pertenecido a una bruja quemada por la Inquisición, en Lima. Que lo sacaron profanando un ataúd. Que sus dueños fueron, entre otros, una reina de Inglaterra, una princesa gitana, un hechicero hindú. Que había causado el hundimiento de un barco. Que otro dueño, traficante de esclavos, supo pagar con él el precio de 150 negros de Guinea. En todos estos «sucedidos» estaba siempre interviniendo la fascinación. […] era un anillo hecho para la ilusión. Si parecía que hasta respiraba en su encender y apagar lucecitas (110).

Brujería, maldiciones, poder occidental y oriental, fascinación e ilusión: otro elemento encantado que respira, al compás de la naturaleza litoraleña. Su trama recorre el mundo y anuda al mestizo en otra línea temporal poco clara, entre la juventud de Ana, la de María y la vejez de un anciano que le da el anillo a modo de pago, luego de enunciar otra subtrama: que fue comprado a un indio que mató a una mujer blanca. Por eso, Blas tiene su propio encuentro con el enigmático y colorado anagrama léxico y temporal, cuando lo va a buscar para llevarse el anillo, reclamando un linaje en la Revolución de los Siete Jefes, que el viejo mestizo puede descifrar como falso. 

Sin embargo, toda la potencia encantadora del anillo se despliega en las tramas que teje Isabel:

Pero donde Isabel Descalzo ponía mayor énfasis en el señalamiento de un hecho referido a la finadita y donde dejaba abiertas las esclusas para las divagaciones de sus hijos era en la referencia que hacía sobre el anillo. El anillo de la finadita tenía escrito su destino; como ella lo vendió su destino es vagar hasta que aparezca el anillo […]. Ella decía «el anillo» y dejaba que los demás hicieran volar su imaginación; contaba con eso. Se apoyaba en varias historias juntas, originadas en distantes lugares del mundo. Bastaba que esas historias fueran sólo misteriosas, improbables y que la gente estuviera, eso sí, dispuesta a creerlas. Ella decía: la finadita, […] se aparecía en medio de las guazabaras a decidir la suerte, porque el anillo la traía y la llevaba a donde era necesario que estuviera (147).

La vida y la muerte de Muratore ligadas al origen fantástico e incierto del anillo despiertan la imaginación y se graban en la memoria de los herederos desposeídos, los propios hijos de Blas e Isabel, cuyo linaje y herencia adquieren la forma de una fantasía, de la materia verbal que los envuelve y les brinda una comunidad: la del río padre y María Muratore como madre mitológica:

Si otros tenían blasones ellos tenían su historia con una mujer que parecía hombre por lo valiente pero que fue una gran amante. La fueron creando en sus mentes: la finadita era blanca, hermosa, casi había sido la madre de ellos. Por poco no había sido […]. La fueron sintiendo como la protectora de la familia, como la madrina del cielo. Cuando les preguntaban en dónde vives, respondían: en lo de Muratore; cuáles son tus bienes: una tumba; tu origen: una mujer heroica; tu patrimonio: el amor; tu postrimería: un recuerdo (148).

De este modo, proponemos que el matrimonio entre María Muratore y la naturaleza da origen a una comunidad de desposeídos, donde las mujeres crean destinos extraordinarios, ajenos a sus condiciones materiales y sociales y desdibujan los linajes masculinos o su ausencia. El carácter fundacional de Río de las conjogas está en el nacimiento de una narrativa de aquellos sin orígenes válidos o validados en las sociedades que les son contemporáneas: pobres, prostitutas, mestizos y negros. Esta fundación aprehende incluso existencias ajenas a lo subjetivo: la naturaleza, el territorio, la tierra conquistada. Creemos que este encuentro puede pensarse también en la clave de planteos feministas ambientalistas actuales, que enuncian el punto de contacto entre la naturaleza y las mujeres como entidades explotadas por el capital. La conquista de América representa, de hecho, un episodio fundamental del proceso de acumulación originaria, que da origen al sistema capitalista en el que vivimos hoy en día. En esta línea, en Feminismo para el 99%, se denuncia una “pulsión inherente al capital”, la “de aprovecharse de esas mismas condiciones que le son imprescindibles, esas bases y requisitos por cuya reproducción se rehúsa a pagar” (2019:96) que abarcan tanto el trabajo reproductivo de las mujeres como a la naturaleza. Previamente, las autoras hacen énfasis en que “las sociedades capitalistas tienden estructuralmente a desestabilizar los hábitats que sustentan a las comunidades y a destruir los ecosistemas en los que se sustenta la vida” (94). Contra ello, abogan por la necesidad de crear un ethos diferente, que se repregunte, entre otras cosas, “dónde trazar la línea que separa sociedad de naturaleza” (36). En la novela, María Muratore toma una determinación que conmueve los cimientos de la sociedad que buscaba implantarse en la tierra a conquistar: “No bien puse pie en tierra me alcanzó un pesar: aquí moriré, dije. No volveré a La Asunción. Soy la semilla: para eso me trajeron. Así, pues, hago tierra y no sofocaciones. Echo raíces y no suspiros. Me planto. Me confirmo. Pero yo no soy sólo naturaleza” (Demitrópulos, 2018:31). María se rebela ante el “destino natural” de las mujeres en aquellas expediciones. Antes que semilla, piensa en la muerte. Antes de ser usufructuada como simiente, define su destino de morir “como un hombre”, disfrazada de tal, combatiendo. ¿Pero qué significa no ser solo naturaleza?, ¿qué sentido se le da a este término? Creemos que uno vinculado al ordenamiento social moderno: las mujeres como madres de la sociedad moderna, con aquellas tareas reproductivas mencionadas en Feminismo para el 99%. María no es solo eso, el litoral santafesino tampoco es solo una tierra a desencantar, explotar y saquear. María construyó un destino diferente al de “madre natural”, para convertirse en madre mitológica de una comunidad desposeída; del mismo modo que el río se “tragaba” al tiempo, “ese impostor” (112). Agregaremos: el tiempo cronológico, el tiempo europeo, el de la conquista, que comienza a desarrollar su acumulación necesaria y lineal en la conquista de América.

Bibliografía

Abbate, F., “Las novelas de Libertad Demitrópulos: Vindicación de la forma que no llega a ‘buen puerto’”, en Badebec, vol. 10, n° 19, Universidad Nacional de Rosario, 2020.

————, “Río de las congojas, una obra para repensar la historia”, en Nuevo Texto Crítico, Standford University.

Arruzza, C., Bhattacharya, T. y Fraser, N., Feminismo para el 99%. Un manifiesto, Buenos Aires, Rara Avis, 2019.

Demitrópulos, L., Río de las congojas, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2018.