Ensayo de ella. Ensayo de la disyunción

Por: Lucía De Leone

Lucía De Leone reseña Ensayo de ella. Un estudio performático del yo y su relación con los objetos y la naturaleza (2022), obra con guion de Alejandra Laera y dirección de Andrea Servera y Lisa Schachtel. De Leone se detiene en los posicionamientos que la obra despliega para narrar un pedazo de vida, posicionamientos que son multidireccionales y en los que se cuelan, por las distintas capas que forman el recuerdo, experiencias, objetos y lecturas. Ensayo de ella puede verse los domingos 19 y 26 de junio en El Grito (18h, Costa Rica 5459, CABA).


Es domingo a la tarde. En el teatro El Grito (Palermo, Ciudad de Buenos Aires), una sala pequeña enfrenta asientos a un escenario emblanquecido por telas y plagado de objetos. Hay algún que otro taburete que oficia de sillón. Se trata de Ensayo de ella.  Un estudio performático del yo y su relación con los objetos y la naturaleza, con guion de Alejandra Laera, crítica cultural, investigadora del CONICET y docente de Literatura argentina en la Universidad de Buenos Aires. Durante la pandemia, ella hizo algo convencida: aflojarse los fórceps hasta, por fin, sacárselos. La ensayista sabe muy bien que hay épocas que exigen distintos tipos de prácticas y, acaso favorecida por los ritmos del aislamiento preventivo, desempolvó fotos viejas y anudó ideas con deseos para darle una forma espectacular al texto escrito, cuyas primeras versiones nacieron en el taller de monólogos de la dramaturga y actriz Lorena Vega.

No hay nadie a la vista. De golpe, música y dos chicas –encarnadas por Ale y por la actriz Martina Vogelfang– ingresan a escena bailando. Una danza cuyo concepto enseguida delata a la coreógrafa Andrea Servera que dirige la obra junto a la talentosa Lisa Schachtel. ¿Cómo se cuenta una vida?  Hay varias puertas de acceso, claro, pero aquí se saltan las cronologías y se prefiere el relato que sigue el pulso de las intensidades: los afectos, los vínculos particulares que trazamos con los objetos, la relación vivencial con lo natural y, como no podía ser de otro modo, las lecturas conquistadas.

Una taza con café caliente que, ante el menor descuido, puede caerse al piso o sobre las piernas cuando todavía estamos dormidas. Cuatro piernas que se montan en zapatos con taco aguja o plataforma, no bien decidimos el outfit o recordamos el look favorito para el cumpleaños del chico que nos gusta.  Un afán por las alturas: ascender en máquinas a torres y rascacielos que territorializaron imágenes de modernización urbana en distintos momentos históricos (La Torre Eiffel, El Empire State) o trepar con los pies y con las manos hasta la cima de monumentos naturales (una montaña del sur de la Argentina), lo que constituye un antes y un después en la dueña de esa vida que se cuenta después de un cumpleaños, es decir después de un año después. Acostarse sin más sobre un lecho de libros o atemperarse con una frazada de libros.

Algunos de estos son los posicionamientos elegidos para narrar, sobre un escenario, un pedazo de vida. Un posicionamiento, entonces, que, aunque parezca coquetear con la orientación de los ejes cartesianos (horizontal- vertical), es ante todo multidireccional. En primer lugar, no hay una periodización consecutiva para el relato de esa vida, sino que los vericuetos de la existencia se van colando por las distintas capas que forman el recuerdo, la selección y jerarquización de lo que está bueno contar. Lo que está bueno de contarle al público que queda en un ahí nomás íntimo, oliendo los perfumes de las camperas, sintiendo las caricias de las coreografías, pisando con ruido las mismas tablas, distinguiendo las orejitas que marcan los libros, resistiendo el frío de la alta montaña, aceptando la invitación a subrayar esa frase que nos convoca cuando de escribir se trata. Y si el cuerpo elige una postura hacia todos los lados, la escritura, que en teatro es puesta en voz, toma como estructura hegemónica de conexión de ideas las formas de la copulación y la disyunción. Así las partes conectadas también se multiplican, no sólo por la propulsión enumerativa sino porque cada cosa que se pone en estado de coordinación también se abre a la desunión: puede ser esto, lo otro, o lo otro: zapatos con tiras o botas o chatitas; libros nuevos o usados o robados; retratos o fotos de paisajes; la subjetividad femenina es ella(a) o ella(b) o ambas o ninguna; fue ayer o el tiempo es hoy. Todo siempre depende.

Volvamos al subtítulo de la obra: ensayo performático del yo. La primera persona habla de sí misma en tercera, a la que cierta tradición lingüística definió  como la “no persona”. Vemos así más que la fácil desmembración entre la niña y la adulta, toda una apuesta sobre las inflexiones que hacen a las identidades fluidas, mutantes, incardinadas y desorientadas del presente. Ella actúa de ella, ella se performatea, ella se dice de muchas maneras: recordemos que ella fumaba cuando quedaba bien (nos lo muestra la foto), pero ahora que ella no fuma, hace que fuma, actúa que pide fuego, se hace la que quiere una pitada. Y para que esto ocurra es necesario ensayar, es decir, llevar adelante una exploración teórica y crítica, fraguar experiencias corporales, posar,  hacer borradores y tachar.

El procedimiento se repite, pero no para tornarse familiar (practicar las tablas de multiplicación para memorizarlas), sino para extrañar lo cotidiano y hacernos tomar distancia (dejarse arrasar por lo inacabado y el anacoluto de una vida en tránsito). En el mismo proceso del ensayo se nos avisa que se trata de un ensayo.  Hacer hipótesis sobre ella implica probar ideas, evaluarlas, desestimarlas, volverlas a elaborar: “no, así no”; “decilo otra vez”; “repetilo”; “no sale”; “ahora sí” son fórmulas de la prueba y el error que podrían formar parte del guión. No por casualidad la escena fundamental de la obra es el momento en que una de ellas habla de ella misma mientras se mira en la foto donde está ella mirándo(se) a ella en el espejo. Una perspectiva pluridireccionada, un aleph cosmético, que abarca a todas las ellas en todos los tiempos pero hace punctum en su seña particular: la boca roja que se cubre de más rojo con el carmín o el pintalabios o el rush o el labial.

El texto se rige también por un principio de heterogeneidad mediante el cual se arma un archivo personal, pero también epocal y cultural: qué lee ella y cómo lo hace dice mucho de cómo leemos en esta época; la transitividad emocional de los objetos nos pone en contacto con teorías materialistas de la existencia planetaria; la puesta en crisis de lo natural de la naturaleza frente a la reconstrucción artificial del final y ante la configuración de una montaña afectiva, amorosa y hasta erótica nos habla también sobre las preocupaciones socioambientales de la actualidad. Mientras los zapatos se exhiben al mismo nivel que fotos y libros, el monólogo interior convive con el diálogo, el indirecto libre con la doxa, la música integra o abandona las proyecciones.

Con guiños al biodrama, al teatro de objetos y al teatro-danza, entre la performance y el laboratorio escénico, esta obra es un acto de intervención. Y lo es porque deja asentada una posición crítica sobre cómo hacer ficción en la escena contemporánea con los recursos disponibles y los inventados. Y lo es, ante todo, porque la intervención es la que dictamina el curso del texto escrito que se representa con el cuerpo: una canción de PJ Harvey es la base para alojar la propia voz y las citas que provienen de las lecturas que marcaron un camino para la ensayista que experimenta en esta obra: Alfonsina y Estela Figueroa se encuentran con Roland Barthes y Sara Ahmed en el acontecimiento que a Ale le encanta imaginar.

Ante las tantas incertidumbres con las que nos topa nuestra época, no importa tanto si Ensayo de ella sabe o no sabe si esto es amor. Lo que en definitiva interesa es cómo nos induce –con aciertos, con errores, en carretilla o en tacones, a oscuras o con luces de neón– a la preparatoria de una novela. De una novela que se escribe por fragmentos, como se escribe la vida, con el plus que traen los rizos del discurso amoroso.

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