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La deportación masiva y el capitalismo global

Por: Tanya Golash-Boza*, Universidad de California, Merced

Imagen: Colectivo Indecline

A partir de distintas entrevistas realizadas a personas que fueron deportadas de los Estados Unidos, Tanya Golash-Boza, de la Universidad de California, nos cuenta cómo esto incide en la vida de los inmigrantes que ya se encuentran asentados en el país y cómo se criminaliza al inmigrante. Asimismo, la autora enseña los motivos por los cuales el capitalismo incide ampliamente en la economía de los países en desarrollo para beneficio de los países industrializados.


Entre 2009 y 2013, entrevisté a 147 personas que habían sido deportadas de los Estados Unidos a Guatemala, Brasil, República Dominicana y Jamaica. No podré compartir todas las historias de esas personas, pero intentaré, a partir de ellas, mostrar el papel que tiene la deportación en el capitalismo global. Después de escuchar a los 147 deportados, puedo asegurar que la deportación es una forma de represión estatal y una parte fundamental del capitalismo global.

En el año 2009 en Guatemala, conocí a un deportado llamado Eric. Cuando tenía 8 años, su madre lo dejó con su tía y se fue a los Estados Unidos ya que, como madre soltera y a pesar de trabajar, no le alcanzaba el dinero. A los 11 años, Eric pudo viajar a los Estados Unidos para reunirse con su madre, que trabajaba en una fábrica de ropa. Ella era una inmigrante indocumentada y él viajó con una visa temporal. Al llegar a Los Ángeles, se inscribió en el colegio. En el último año de la preparatoria tuvo que dejar los estudios, dado que a su madre le dolía la espalda y ya no podía trabajar. Consiguió dos trabajos y así pudo sostener la familia.

Eric necesitaba un auto para llegar a su trabajo. Pasaba los fines de semana con sus amigos y su nueva esposa. Se casó con una mujer salvadoreña y esperaban un bebé. Un sábado, un amigo de Eric le pidió que lo llevara a otro barrio. Después de dejar a su amigo, un policía lo detuvo y lo acusó de ser cómplice de un robo de auto. La policía tenía sospechas, en verdad, sobre el amigo de Eric, pero lo arrestaron a él y lo llevaron a la comisaría, donde pasaron sus huellas por una base de datos y descubrieron que su visa había vencido. Aunque concluyeron que Eric no tenía nada que ver con el robo del auto, lo dejaron detenido hasta que llegó “la migra” (el servicio de inmigración), que lo llevó a un centro de detención privado para que esperara su deportación. Ni su inocencia ni su solicitud para la legalización, dado que se había casado con una residente, pudieron detenerla.

Después de pasar cinco meses detenido, Eric llegó a la Ciudad de Guatemala y volvió a vivir en la casa de su tía. Pronto consiguió trabajo en un call center, donde recibía llamadas de clientes de los Estados Unidos. Al ser un deportado bilingüe y bicultural, Eric era un trabajador ideal para esta empresa transnacional.

Esta historia ilustra como pocas los distintos aspectos del capitalismo global que propongo mostrar en este texto. Los diferentes eventos de su biografía nos permiten ver la conexión entre el camino de su vida y las fuerzas socioeconómicas mayores. Estas fuerzas incluyen la externalización de la producción, la reestructuración económica, los cortes en los servicios sociales, el aumento del brazo represivo del Estado y la privatización de servicios que antes eran públicos. Estas fuerzas constituyen un ciclo porque se relacionan y retroalimentan: la movilidad humana restringida al lado del movimiento libre de capital es un aspecto crítico del mantenimiento del apartheid a nivel global, un sistema donde ciudadanos en su mayoría ricos y blancos tienen derecho a viajar a donde quieran, mientras que casi todo el resto de la población mundial se ve obligada a hacer su vida en el país donde ha nacido. El apartheid global no sería posible sin la deportación.

Cuando escuchamos las historias de deportados, este costo es obvio. También observamos claramente que los deportados son inmigrantes, trabajadores, personas de color y padres. A partir de sus historias es inevitable colegir que los deportados son la versión más reciente del “trabajador desechable”.

Las estadísticas de deportaciones son alarmantes. Desde 1996, más de 5 millones de personas la han sufrido desde Estados Unidos. Para darnos una idea de lo abultado de esta cifra, vale aclarar que entre 1892 y 1996 sólo fueron deportadas un total de 2 millones de personas. O sea, Estados Unidos ha deportado en 20 años más del doble del total de todas las personas deportadas en un siglo. Además, casi todos son hombres latinoamericanos (el 90% de los deportados son hombres y el 97% proviene de América Latina y del Caribe). Discursos racistas en torno al crimen y al miedo funcionan como “justificación” de este fenómeno. Y estos discursos, a su vez, disfrazan la realidad del capitalismo global y sus efectos.

La migración de latinoamericanos a Estados Unidos, pero también su deportación masiva, son una parte integral del capitalismo global. En la década de 1980, los países latinoamericanos implementaron reformas económicas neoliberales, muchas veces porque el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial (BM) los obligó a ello. Estas reformas tuvieron el efecto de incorporar estos países al capitalismo global, a la par del aumento de la tasa de desigualdad y el aumento del flujo de emigrantes. Estados Unidos también implementó reformas económicas en esa época. Un cambio grande fue su paulatina desindustrialización. Al mismo tiempo en que el FMI convencía a los países en desarrollo de abrir sus fronteras para recibir capital, en Estados Unidos las empresas cerraban fábricas y buscaban sitios más rentables para instalarlas. La desindustrialización también creó puestos de trabajo ideales para los inmigrantes, sobre todo en el sector de servicios, que fueron ocupados por esa masa migratoria que produjeron las reformas neoliberales en los países latinoamericanos.

El otro lado de la desindustrialización en Estados Unidos fue el aumento del brazo opresivo del Estado. Para evitar las manifestaciones aparejadas por el crecimiento del desempleo y la desigualdad, producto de la erradicación de empresas, el gobierno aumentó la fuerza policial y construyó decenas de prisiones. En el año 2000, Estados Unidos llegó a tener 2 millones de presos. La justificación fueron las guerras contra la droga y contra el crimen. De forma similar a la deportación, los discursos acerca de los hombres de color peligrosos justificaron la encarcelación masiva.

La encarcelación masiva le permitió a Estados Unidos solidificar el movimiento antisindical, la desigualdad marcada y el abandono de los barrios marginales. De una manera muy similar, la deportación masiva ha surgido como una repuesta a la crisis actual del capitalismo que, en el caso particular de Estados Unidos, se manifiesta en la confluencia de cuatro factores: 1) Casi todos los deportados son hombres latinoamericanos y caribeños; 2) El aumento del sentimiento antiinmigrante después de los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001; 3) La actual crisis del capitalismo; y 4) Los sectores que se benefician con la deportación.

La justificación para la deportación masiva es que el programa está convirtiendo al país en un territorio más seguro. La amenaza que enfrentamos como país viene en forma de criminal y de terrorista: a ese discurso sensible apelan los políticos estadounidenses para generar el apoyo del público. Hemos visto este proceso muchas veces antes, como en la esclavización de los africanos, la detención de los japoneses y la deportación de los mexicanos en la década de 1930. El proceso de crear miedo y de castigar el supuesto origen del miedo es una táctica bien conocida de represión y de distracción. Esta táctica muchas veces tiene dimensiones raciales.

En el contexto post-9/11, ha surgido en los medios de comunicación masiva una construcción del inmigrante como criminal y terrorista. Es común leer y oír frases como “ilegales y fugitivos” para referirse a los inmigrantes, “inundación e invasión” para describir su llegada a los Estados Unidos y “amenaza y daño” para describir su presencia en el país. Esas palabras construyen la imagen del inmigrante como peligroso y crean un sentimiento de miedo hacia él.

Como se sabe desde Marx, las crisis son intrínsecas al capitalismo. La última fue la de la década de 1970, conocida coma la “crisis del petróleo”, cuando su precio subió repentinamente. Los capitalistas de Estados Unidos encontraron una solución temporal a esta situación en la externalización de la fabricación. Para evitar pérdidas en sus ganancias, salieron en busca de mano de obra barata en los países en vías de desarrollo y así sortearon esa crisis. La actual, en cambio, es diferente. La clase capitalista transnacional ha encontrado sus límites. Ya no hay hacia donde expandirse, dado que casi todos los países ya forman parte del sistema global del capitalismo. Como no se ha encontrado una solución original a la crisis actual, se ha recurrido a la ya conocida respuesta militarista, de la que la deportación masiva es un ejemplo entre muchos.

Los deportados son un ejemplo paradigmático de plustrabajo. Aunque la mayoría de los prisioneros son liberados en algún momento, una vez fuera de prisión desaparecen del país. De este modo, ya no puede competir por trabajo ni recibir ayuda pública. Los gobiernos de los países de origen de los deportados, a donde retornan, han encontrado maneras de volverlos útiles a sus intereses. En algunos países, como Jamaica, República Dominicana y El Salvador, el gobierno considera culpables de los problemas de delincuencia a los deportados. En otros (¡y a veces hasta en los mismos!) el deportado sirve de operador en los call centers. Su manejo fluido del inglés por haber vivido en los Estados Unidos lo convierte en un trabajador ideal, dado que su trabajo consiste, precisamente, en comunicarse con clientes estadounidenses. El Estado de Baja California, por ejemplo, tiene 35 call centers que emplean a 10 000 personas, la mitad de ellos deportados.[i] En México, por ejemplo, el sector de call centers se duplicó entre 2005 y 2010. Esta industria de 6 mil millones de dólares emplea miles de deportados. [ii] El crecimiento rápido de esta industria transnacional en México, Guatemala y otros países no habría sido posible sin este flujo de deportados que tienen la capacidad bilingüe y bicultural de asistir a los clientes de los Estados Unidos.

Como he intentado mostrar, la deportación masiva es una manifestación del capitalismo global y es importante considerarla como tal. Muchos deportados como Eric viven separados de su familia, lo que genera un gran costo humano. Cada año, deportan a cien mil padres y madres de ciudadanos estadounidenses. El costo al Estado debido a la deportación masiva se puede calcular en miles de millones de dólares. El costo humano es incalculable.

 

[i] http://bigstory.ap.org/article/deported-mexicans-find-new-life-call-centers

[ii] http://america.aljazeera.com/features/2014/3/mexico-s-call-centers.html

 

*Tanya Golash-Boza es Doctora en Sociología y profesora en la Universidad de California, Merced. Es autora de cinco libros y de diversos artículos académicos. Su último libro,  Deported: Immigrant Policing, Disposable Labor and Global Capitalism (New York University Press 2015), se dedica a explicar la deportación masiva en el contexto de la crisis económica global.